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Un triángulo de dos lados

Por Andrea Echeverri, andreacine.wordpress.com

Julio es un arquitecto que se dedica a construir casas de mentira. Se trata, hay que admitirlo, de un trabajo coherente, legal y remunerado: realiza escenografías cinematográficas. Pero esto no es todo: de un momento a otro, empieza a vivir una vida de mentiras también.

Laura es su mujer, a la que ama con un afecto tranquilo, a pesar de que la relación se ha ido enfriando. Lo que la mantiene en pie, pues no da chance de que se enfrenten o siquiera noten la situación, es la amistad de Manuel, el vecino, un escritor que no escribe, y que de repente sufre un accidente y queda en estado de coma profundo. Aun yaciente como un vegetal, seguirá haciendo parte imprescindible de la vida de Laura y Julio.

Estos son apenas algunos elementos que hacen parte de esta deliciosa y sugerente novela de Juan José Millás, uno de los escritores españoles contemporáneos más interesantes y reconocidos internacionalmente. Su columna semanal en el diario El País de Madrid es una de las más leídas, por ingeniosa, punzante y amena.

Lo que caracteriza la ficción de Millás es que bordea siempre el límite de lo fantástico en historias aparentemente cotidianas y realistas, y más de una vez lo cruza. Es el caso, por ejemplo, de No mires debajo de la cama, donde los zapatos de una pareja de amantes viven su propio romance. Sin embargo, en Laura y Julio la fantasía es apenas tangencial. Está presente, por supuesto, en la historia de la película para la que Julio debe crear un interior fundamental, y que de un modo u otro refleja la que él mismo vive, pero más allá de eso se ciñe tácitamente sobre él en la medida en que le resulta posible convertirse en otro ─un poco como de más de un personaje de Paul Auster─, y en la forma en que él mismo resuelve, para bien o para mal, su relación con Laura.

Millás, a la manera de un director de cine, nos permite fisgar en el apartamento vacío del vecino, hurgar dentro de sus cajones, revisar su armario, verificar qué guarda en las alacenas de la cocina, incluso abrir el archivo vacío de su eterna novela, y hacer otro tanto en el de la pareja, acercando el oído a la pared para enterarnos de qué es lo que están haciendo. Nos hace así partícipes, observadores presentes aunque invisibles, del triángulo amoroso que se devela poco a poco. Aunque lo que pretende con esto es que nos cuestionemos a nosotros mismos: quiénes somos, en qué consisten nuestras pequeñas manías, qué tanto nos gusta ese papel de voyeuristas de las vidas ajenas, y qué tan mezquinos somos para juzgarlas. Eso, por un lado; por el otro, qué tanto hay de falacia en nuestra cotidianidad, cuáles son las fachadas tras las que nos escondemos, qué tan frágil es nuestra realidad. Y todo esto de una manera, repito, deliciosa, como si se tratara del asunto más banal del mundo.

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Esta entrada fue publicada en julio 26, 2010 por en Literatura y etiquetada con , , .

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