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Entre el decirlo todo y el solo sugerir

(Diálogo entre la novela La conversación amorosa, de Alice Ferney, y el filme Mademoiselle Chambon, de Stéphane Brizé).

Por Andrea Echeverri, andreacine.wordpress.com

En esta semana gocé dos maravillosas piezas artísticas de distinto calibre, descubiertas por azar, una cinematográfica y otra literaria, ambas de origen francés, recientes (la novela fue publicada en 2001, la película estrenada en 2009) y centradas, cómo no, en el comportamiento afectivo, en el desarrollo de las pasiones, en el adulterio y, en últimas, en el dolor del amor.

Lo asombroso es que ambas logran llegar al meollo del sentimiento por vías opuestas: la una nada explica, aleja, apenas nos permite enterarnos de lo evidente, y de tal modo nos obliga a involucrarnos, a decidir, a sacar conclusiones; mientras la otra todo lo dice, cada palabra, cada gesto, cada pensamiento, y en el acto narrativo opina todo el tiempo, generaliza, explica, induce, exigiéndonos pararnos a pensar si estamos de acuerdo, si nos ha pasado eso, si hemos sentido las mismas cosas.

Desde la mayor distancia posible sin que nos saque de la trama, Mademoiselle Chambon nos cuenta la pasión que sufre Jean (Vincent Lindon) por la maestra de su hijo, Véronique (Sandrine Kiberlain), quien corresponde también en forma silenciosa. Vienen de mundos diferentes: él es un albañil, de pueblo, de costumbres sencillas y poca cultura, que comparte una vida apacible con su mujer, Anne-Marie (Aure Atika) y su hijo, y cuida de su padre ya achacoso. Ella viene de París, es de buena familia, tiene su casa llena de libros, reproducciones de obras de arte, discos y su violín, y cambia de escuela cada año lectivo, mudándose de un lugar a otro.

Aparentemente no hay nada que los una. Son serios, tímidos los dos, no se trata de un flirteo cualquiera. Surge algo, un algo que no tiene nombre, que no se debe nombrar, que habría que borrar. Las señales no son claras, pero acaban siendo suficientes para dar inicio a un romance, trunco desde el comienzo, que se empeñan alternativamente en abandonar y revivir. Todo esto son las deducciones de alguien que lo mira desde fuera, pues Brizé nos muestra la historia sin arandelas narrativas, haciéndonos sentir fisgones, más cómplices que jueces.

Por su parte, Ferney en su Conversación amorosa no nos deja ningún cabo suelto, se adelanta y retrocede cada que encuentra la necesidad para llenar lagunas o justificar los actos, mientras nos cuenta el surgimiento de una relación clandestina, la de Pauline Arnault y Gilles André, dos parisinos que pertenecen indirectamente al mismo círculo. Dedica las primeras doscientas páginas a contar la velada del primer encuentro galante. Cinco horas de las que conocemos lo que en cada segundo piensa, siente, lo que dice y hace cada uno, así como sus respectivos cónyuges y cinco parejas más, amigos comunes, que se reúnen en el club y los esperan. Es el momento feliz de la interrogación, el proceso del enamoramiento diseccionado casi científicamente. (No en vano Alice Ferney es una de las entrevistadas en La más bella historia del amor, un libro que quiere dar cuenta de las relaciones amorosas desde la prehistoria hasta el presente).

Pauline (que dice detestar al personaje de Rohmer que hizo famoso su nombre, y que da pie a otras maravillosas conversaciones acerca del amor), es una joven dibujante, casada felizmente con Marc, madre de un niño de tres años y embarazada del siguiente. Se siente cautivada por la intensa mirada que en ella posa Gilles, un hombre que casi le dobla la edad, exitoso libretista de televisión, en proceso de divorcio de Blanche, y padre de una niña que va al mismo parvulario que el hijo de Pauline. Seductor empedernido, en pleno duelo por la separación de su mujer, Gilles encuentra en la lánguida y esbelta figura de Pauline una nueva presa, que siente —esta vez, como seguramente cada vez— que es especial, diferente, definitiva.

Después de esta trascendente noche de caminata y cena las vidas de los amantes están destinadas a unirse, pero no de la forma en que cada uno espera. La ilusión, la magia no se mantiene para siempre, no se repite a menudo. Se trata de una historia contemporánea, pero no es muy distinta de las que contaran Prévost o Maupassant. El amor duele, el amor es distinto para las mujeres y los hombres, la pasión y el amor se encuentran juntos pocas veces, el sentimiento amoroso es el mismo desde que el hombre es hombre (y la mujer, mujer).

Ferney no juzga a sus personajes, pero los expone de tal modo al lector que acaba condenándolos. Es una lectura deliciosa, difícil a ratos y otros ligerísima, que esquiva los lugares comunes así hable de una manera precisa e incisiva acerca de unas emociones que todos compartimos, que todos hemos sentido una y mil veces en la vida.

Brizé tampoco juzga a los suyos, incluso evita que los espectadores lo hagan. Sólo los muestra furtivamente, y en sus miradas y gestos descubrimos su pasión y su tristeza, su rabia o su remordimiento. Sobran las palabras, “No me digas que vendrás si no vas a hacerlo”, le suplica la señorita Chambon a Jean en su último encuentro, y asistimos a su dolorosa indecisión, a la eterna incertidumbre sin voz.

Las historias de amor, como el amor mismo, pueden, pues, resistir todas las palabras del mundo y todos los silencios. Pueden ser contadas de manera prolija, insistente, o apenas insinuadas. Nos pueden invitar a descubrirlas por nuestra cuenta, a involucrarnos indirectamente en sus historias o se pueden abrir a nosotros de par en par, sin ocultarnos nada. De cualquier modo es placentero ser receptor de este tipo de historias, pues el amor es el tema último, el que nunca nos va a cansar.

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2 comentarios el “Entre el decirlo todo y el solo sugerir

  1. pacho barrios
    octubre 10, 2010

    Andrea, siempre he querido analizar la relación entre Mrs Dalloway, la novela Las horas y la película del mismo nombre. ¿Ya lo ha hecho?

    • andreacine
      octubre 10, 2010

      No he leído Las horas, y la película me pareció desigual. Me gusta mucho más la peli inglesa, mrs. Dalloway, con una maravillosa Vanessa Redgrave. Pero ahí se trataría, más que de una búsqueda de analogías o distancias argumentales y estilísticas, de una revisión del proceso de adaptación. Y en ese caso, una de las duplas que me parecen más interesantes son las de El callejón de los milagros, en las que la novela egipcia y la peli mexicana son igualmente formidables, muy cercanas y muy independientes a la vez.

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