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Enredos juveniles en la Antártida

Por Andrea Echeverri, andreacine.wordpress.com

Mucho antes de lo que nos cuenta Geraldine McCaughrean en Oscuridad blanca, en 1910, una expedición británica comandada por el capitán Scott, a quien acompaña Lawrence Oates llega a la Antártida con la intención de descubrir el Polo Sur. Los esperaba un viaje de casi tres mil kilómetros hacia el punto de latitud cero.  El 16 de enero de 1912 arriban por fin a su destino, pero encuentran allí ondeando la bandera noruega, con una nota para ellos del explorador Amudsen, quien había llegado un mes antes. Tras el desmoralizador fracaso, el largo regreso al campamento, con provisiones escasas y pésimo clima, cobra la vida de los expedicionarios ingleses.

Casi un siglo más tarde, una excursión de turistas europeos y norteamericanos recorre la Antártida en busca de diversión, fauna y paisajes nuevos, si bien les aguardan experiencias desoladoras y tormentosas, comparables a las que vivieron los exploradores originales. Este viaje es el que nos cuenta Oscuridad blanca, una épica novela juvenil, situada geográficamente en la Antártida, pero emocionalmente en el interior de Symm, una adolescente poblada de complejos, miedos y soledad, que viaja con su tío Víctor. No se trata de una novela histórica, y aunque se cuele más de una anécdota del pasado, las lagunas acerca de esas travesías primigenias son tan grandes como la extensión del Hielo.

Symm sabe todo lo que a su edad sería posible acerca del Polo Sur y, sobre todo, de Oates, de quien está perdidamente enamorada. En su mente, “Titus”, como solían decirle un siglo atrás, sigue vivo, y es su compañero y su guía, aquel que nunca podría decepcionarla, como supone que haría cualquiera de sus contemporáneos. En Inglaterra dejó una madre viuda, afectuosa, pero que luego resulta bastante apática -¡no hace nada cuando su hija desaparece!-, unas amigas frívolas y distantes, que sólo le sirven de parangón y destinatarias ideales de las postales que nunca envía, y un padre muerto hace años, de quien se ha hecho la imagen manipulada que le ofrece su tío, y al que poco a poco descubre más amoroso y gentil de lo que creía. Entre sus acompañantes de excursión se encuentran un director de cine noruego y su hijo Sigurd, de quienes descubriremos, como del tío, que son algo muy distinto de lo que aparentan. Víctor en realidad no es familiar de Symm, aunque por ser el amigo más cercano de su padre se ganó su posición de tío. Symm lo admira como el mayor de los héroes, pues aún no conoce su faceta más oscura.

Lo que motiva el viaje de los cuatro es la búsqueda de la vida en el centro de la tierra, al que llegarán a través del agujero de Symmes -de quien la chica descubre que ha heredado el nombre- para encontrar el paraíso perdido. Para lograr su cometido, la aventura se retuerce hasta lo imposible: se quedan sin equipos de comunicación, sin transporte aéreo o marítimo que los pueda sacar de allí, la demás gente de la excursión se enferma misteriosamente, y las provisiones empiezan a agotarse. El viaje final que emprenden estos cuatro expedicionarios en una camioneta robada es -como el de los pioneros un siglo atrás- tortuoso, casi infinito, si bien el salvamento, por completo previsible, llega, por supuesto, a última hora.

Se trata, por supuesto de literatura juvenil, si bien eso no debería dar pie a la ligereza de la historia, que a pesar de ser larga (más de trescientas páginas) e intrincada, tal como ficticiamente sucede a los personajes, no llega al fondo, y se queda en una superficie que si bien logramos percibir blanca, nunca llega a oscurecerse como habría debido.

Geraldine McCaugrean es también autora de Peter Pan en rojo escarlata, secuela oficial del famoso cuento de J. M. Barrie, además de ciento treinta libros para niños y jóvenes, cincuenta obras de teatro, y otras cuantas historias… Es suficientemente prolífica para hacer uso de una vasta experiencia en el manejo de la aventura y la información, pero quizá eso mismo no le permite darle a esta novela la profundidad necesaria. Nos quedamos, pues, en la superficie de la Antártida; nunca, ni figuradamente, entramos por sus agujeros ni reconocemos la vida que puede haber debajo…

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Esta entrada fue publicada en septiembre 28, 2010 por en Literatura y etiquetada con , , , , , , , .

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