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Fourbi, el comercio de las emociones



Por Andrea Echeverri
, andreacine.wordpress.com

Uno de los más importantes directores de cine suizos, aunque bastante desconocido por estos lares, el veterano Alain Tanner, retoma en Fourbi, película de 1996, un tema que ya había tratado veinticinco años atrás, en La salamandra, la manipulación que ejercen, o intentan ejercer, los medios de comunicación en el mundo actual.

Fourbi narra el intento fallido de un escritor de conseguir una historia para una serie televisiva. Se trata de la de Rosemonde (formidablemente interpretada por Karin Viard), una chica aparentemente normal, pero cuyo pasado esconde un sorpresivo hecho: ocho años antes mató a un hombre que intentaba violarla.

Tanto la joven como Paul, el escritor encargado de contar la historia, están enganchados por la productora de televisión: a Rosemonde le han dado un importante adelanto por los derechos de llevar a la pantalla su drama personal, que ya ha empezado a gastar con prodigalidad, y el joven —a cargo de Jean Quentin Chatelain— está a prueba en el trabajo de guionista, y de la literatura ya no puede vivir.

El acercamiento de los personajes es difícil. Paul se tiene que valer de su amiga Marie —Cecile Tanner—, una actriz de teatro a quien tampoco llueven las ofertas, para que sirva de puente, como confidente de Rosemonde, a cambio de imponerla como la protagonista de la versión de televisión, el docudrama que acompañará el debate del talk show.

Con frialdad y distancia, como la que hay entre los protagonistas, Tanner va tejiendo la trama, profunda en emociones internas y sobria en acontecimientos. La polémica que puede suscitar el hecho de comprar la historia de alguien, más brutal incluso que la “mercancía” misma, no está explícita nunca. Cada uno de los seres involucrados en la transacción tiene sus dudas y reservas —unos más que otros, hay que decirlo—, pero no lo discuten ni lo cuestionan abiertamente.

Y es que son gente corriente, de la calle, no figurines acartonados como los que pueblan las grandes pantallas. Buenos actores sin ser estrellas ni estampas, sobre todo muy bien dirigidos, dan verdadera vida a los roles que interpretan. Son personas trabajadoras, de clase media y escasos recursos económicos, con los problemas cotidianos a cuestas y un pasado —no sólo el de Rosemonde— que moldea su presente. Tienen el color que necesitan y los claros rasgos que caracterizan a su pueblo.

Desde el comienzo del filme estamos esperando que Paul, y luego Marie, consigan que Rosemonde haga la narración del suceso escabroso por el que ya le han pagado, y que no paran de intentar hasta el final. Pero, a medida que van pasando las dos horas de película, esto se hace cada vez menos importante. Tanner va llevando la trama hasta el punto de que el mismo espectador cuestione este comercio y desprecie sus métodos y sus ambiciones. Así que no es una sorpresa que salgamos de la sala sin saber nada al respecto.

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Esta entrada fue publicada en octubre 20, 2010 por en Cine, Cine europeo, Cine independiente y etiquetada con , , , , , .

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