Andrea, cine y literatura

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Un relato sin tiempo para niños grandes

Por Andrea Echeverri, andreacine.wordpress.com

El siglo XX es un relato con todas las de la ley. Tiene un encantador héroe adolescente en transición, un problema que crece como una bola de nieve, muchos personajes secundarios que ayudan u obstaculizan al protagonista, una especie de “hada madrina” encarnada en un director de cine que hace milagros, y por supuesto una bella damisela en apuros.

Eziel se despierta el día de su decimotercer cumpleaños con pánico frente la misión que se le avecina: matar a su chivo Juan para convertirse en un hombre de su tribu. Pero no se trata del rito de iniciación de una comunidad indígena de la antigüedad; al contrario, la historia se sitúa en algún momento bien entrado el tercer milenio, cuando los humanos han superado problemas de la envergadura del homicidio y el robo, a la par que distracciones como el ocio y el amor. Viven en aldeas pequeñas donde nunca se repite un nombre y no hacen falta los apellidos, y todos siguen unas reglas sensatas que consiguen que reine la tranquilidad absoluta.

Sin embargo, Eziel sueña con el siglo XX. Como vestigio del pasado, a unas cuantas y azarosas jornadas de camino, queda la última ciudad que conserva sus descalabros y sus maravillas. Y es más por azar que por iniciativa que Eziel acaba dando allá, para salvar a Giga, la joven que debe cumplir un ritual similar al suyo para ser aceptada como mujer y casarse con el muchacho que le han asignado, y que ha sido raptada en sus narices. En el camino, Eziel se encuentra con automóviles, armas, licor, villanos, dinero… y el cine. Lo mejor del siglo XX, sin duda. Y es el realizador de la película que ve sin parar en el teatro al que accede a cambio de trabajo, quien se convierte en su guía a través de este espacio-tiempo tan distinto al suyo, y que se nos presenta como en una burbuja, a través de un microscopio que capta a veces con humor y otras con espanto muchos de sus rasgos particulares teñidos de colores vivos que los hacen resaltar.

Es agradable leer literatura juvenil que no trate a los lectores ni como niños con bajo cociente intelectual, a los que hay demasiadas cosas que enseñar en la vida, ni como adultos metidos a chiquitos, que ya lo saben todo. Este libro resulta, desde una adultez que añora ese despertar a la lectura autónoma de los once o doce años, una delicia. Está plagado de aventuras, no hay una sola página en la que no suceda algo, y sin embargo, su ritmo tiene una cadencia suave, variada, que permite una aproximación inmediata y veloz, tanto como otra pausada o esporádica, que será igualmente recompensada por un corto episodio que es un paso más en la escalada hacia la mayoría de edad interior de Eziel y de Giga, más allá de ritos o documentos.

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Esta entrada fue publicada en octubre 30, 2010 por en Literatura y etiquetada con , , , , , .

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