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Una bocanada de aire fresco y colorido

Por Andrea Echeverri, andreacine.wordpress.com

Aire fresco (Friss levegö) es una película húngara de 2006, dirigida por Ágnes Kocsis y Andrea Roberti, llena de sensibilidad y color. Cuenta la historia de Viola (interpretada por Júlia Nyakó) y Angéla (Izabella Hegyi), dos mujeres solitarias pero con muchas ganas de vivir.

No podrían ser más distintas. Son madre e hija, viven juntas en un pequeño apartamento y no se dirigen la palabra. Sin embargo, cada noche se reúnen en el sofá para ver su novela favorita. Es su único contacto emocional, si bien no se tocan ni lo comentan. De resto, Viola le deja a Angéla la comida preparada en la cocina, cada una come sola, a deshoras, pues evitan encontrarse a toda costa. Angéla cierra con llave la puerta de su cuarto, que es su santuario, el lugar en que más cómoda se siente, que llena de afiches y de sus diseños. Estudia modistería, y es una alumna destacada.

Su madre, en cambio, cuando no está buscando algún encuentro amoroso en sus ratos libres, es la encargada de unos baños públicos, a los que se dedica con ahínco: los mantiene pulcros, bien cuidados, y con su colección de aerosoles intenta eliminar todos sus olores. Sin embargo, su cuerpo los almacena, así que ha de llegar cada noche a bañarse y restregarse, mientras Angéla abre todas las ventanas del apartamento, a pesar del frío invernal que las rodea.

Angéla es verde. Su ropa, el cubrelecho de su cama, el delantal de la escuela de modistería, sus diseños, todo es verde. A veces claro y esperanzador, a veces profundo y triste. En cambio, Viola es roja, su abrigo, su pelo, sus botas, la decoración del apartamento y de su puesto de trabajo, todo brilla con el rojo en todos sus matices. Así, el color es la metáfora directa que usan las directoras para que entendamos cuán profunda es la distancia que hay entre estas dos mujeres.

Y es el color también el que les sirve para mostrar cómo, cuando no queda más remedio, cuando los acontecimientos nos les dejan otra opción, se empiezan a acercar. Entendemos, cuando la una está desprovista necesariamente de su atuendo habitual, y la otra empieza a aceptar otros tonos en la paleta de su vestuario, que hay futuro, que en el fondo había más afecto del que eran capaces de demostrar.

La película no cuenta por qué se distanciaron, o por qué están solas. No importa. Han aprendido a vivir así, lo aceptan aunque no les satisface. De la misma manera, tampoco habrá palabras para la reconciliación. No sabemos qué pasará más tarde, cuáles serán ahora los términos de la relación. Tampoco importa. Lo único relevante en esta película fría en la que el calor se cuela por las rendijas, en la que el aire gélido está lleno de color, es entender la profundidad de estos dos seres humanos, desamparados y a la vez llenos de recursos que, al menos, así parezca lo contrario, cuentan siempre la una con la otra.

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Esta entrada fue publicada en marzo 28, 2011 por en Cine, Cine europeo y etiquetada con , , , , , , , , , .

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