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Ballet y locura: Del Diccionario de nombres propios a El cisne negro y de vuelta

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Andrea Echeverri, andreacine.wordpress.com

Diccionario de nombres propios (Robert des noms propres), publicada en español por Anagrama en 2004, es la undécima novela de Amélie Nothomb, esa maravillosa belga nacida en Japón, a quien sus lectores sentimos conocer muy de cerca gracias a sus múltiples libros autobiográficos —Estupor y temblores, El sabotaje amoroso, Metafísica de los tubos…—. Aquí narra con esa misma proximidad emocional la vida de Plectrude, una niña bailarina obsesionada con su arte.

Con esa escritura ligera que la caracteriza, que hace que uno se lea cualquier novela suya de una sentada, en un rato apenas, sin ser capaz de despegarse de sus páginas, Amélie Nothomb logra sin embargo llegar muy profundamente dentro del ser humano, hallando todas las vicisitudes, las contradicciones, los secretos más ocultos en el inconsciente tanto como los conscientes. A veces nombrándolos, a veces sólo semidescorriendo el velo para que sea el lector quien los descubra por su cuenta.

Plectrude es una niña singular, desde su gestación. Su madre, de tan solo 19 años, desesperada por el insomnio que le producía la bebé en su vientre, mató a su marido, así que hubo de dar a luz en la cárcel, y luego se suicidó. Su hermana Clémence quedó a cargo de la niña de enormes y profundos ojos, acogiéndola en su familia como hermana menor de Nicole y Béatrice.

La relación de la madre adoptiva y su pequeña hija extraña, difícil —la expulsan de la guardería pues asusta a los demás niños, y luego en el colegio obtiene las peores notas y es despreciada por sus compañeritos— pero a la vez excepcional, sobre todo para el ballet, es compleja y simbiótica, y recuerda la de Nina Sayers, protagonista de El cisne negro (Black Swan, Darren Aronofsky, 2010) y su mamá.

Aquí hay un entorno familiar más extenso, y Clémence se ocupa y quiere también a su marido y sus hijas mayores, pero la veneración que siente por Plectrude, así como la proyección que realiza en ella de cumplir sus propias ambiciones abandonadas, son idénticas en ambas historias. De igual modo, lo son la anorexia, la férrea disciplina que la misma bailarina se impone y su madre refuerza, la pasión por la danza.

Pero lo que en el filme es maniqueo —el paso de la bondad absoluta de la protagonista, que linda en la bobería al comienzo, a la maldad sin mesura, a través de la psicosis— aquí es complejo y lleno de matices. Desde la primera infancia, Plectrude está llena de contradicciones, de deseos encontrados, de procesos complicados, de miedos y temeraridades. A los trece, cuando por fin puede abandonar el colegio y dedicarse en cuerpo y alma al ballet, su transformación física y emocional lindan también con el desquicie. A medida que va perdiendo kilos, deja también de sentir afecto, y crea una nueva relación con la realidad.

Plectrude nunca fue una niña del todo buena o juiciosa, aunque tampoco malcriada, grosera ni desobediente. Simplemente era distinta, particular, y a medida que va sufriendo cambio tras cambio, de la infancia a la adolescencia y a la primera juventud lo sigue siendo. Agraciada en los dos sentidos —de figura y de movimiento— está llamada a ser prima ballerina, pero su rigor que traspasa los límites de la cordura termina por acabar con ella, igual que le sucede al personaje tan bien interpretado —a pesar de su oculta simpleza— por Natalie Portman. Pero a Plectrude le pasa a una edad mucho más temprana —y coherente para la situación en que ambas se encuentran, porque aunque pueda suceder, no es tan normal que una bailarina de treinta años todavía tenga chance de llegar a ser la figura protagónica de una compañía de danza clásica, cuando ha sido siempre parte del bulto—. Y no termina matándose a sí misma, sino a Amélie Nothomb, su creadora, como debió hacer Nina con Aronofsky, si es que tenía oportunidad antes de que este la convirtiera en una marioneta que sólo sabe dar giros de 180°.

Con un destino que parece a todas luces trágico, a partir que se libera de la escritora con ojos tan impresionantes como los suyos, Plectrude logra cambiar su fortuna, y deja al fin al lector con una sonrisa imborrable.

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