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Los mil colores de Lola

Por Andrea Echeverri, andreacine.wordpress.com

En los últimos años, Rainer Werner Fassbinder volcó buena parte de su trabajo hacia el mundo femenino: además de Lili Marleen, la trilogía compuesta por El matrimonio de Maria Braun, Lola y La ansiedad de Veronika Voss, realizada entre 1979 y 1982 (el año de su muerte) le permiten explorar las emociones y maneras de comportarse y relacionarse de las mujeres. Con esa mirada suya tan crítica, incluso mordaz, disecciona a sus personajes, que difícilmente podrían considerarse de sexo débil.

En Lola, la protagonista —interpretada maravillosamente por la entonces novata Barbara Sukowa— es una bella prostituta que quiere conseguir el afecto de un hombre a toda costa, mientras depende casi por completo de otro y se deja cortejar de un tercero. En el burdel donde trabaja se mueven todos los hilos del poder municipal, en un contexto de postguerra, en el que se está reconstruyendo la ciudad devastada.

El alcalde, los miembros del Consejo, los funcionarios y los constructores, encabezados por Schukert —el “dueño” de Lola, caracterizado por Mario Adorf— esperan a Von Bohm (al que da vida el aún vigente Armin Mueller-Stahl), el delegado de urbanismo que debe dar visto bueno a los nuevos proyectos inmobiliarios. A diferencia de todos ellos, es un hombre recto, cumplido, muy trabajador… y mojigato. Lola siente gran curiosidad por el señor que saluda a las damas besándoles la mano, y sale en su busca, usando su identidad privada: Marie Luise, para lo que aprovecha la información que le aporta su madre, ama de llaves del nuevo delegado.

Todos estos personajes variopintos, en ocasiones estridentes, que casi lindan con lo caricaturesco, pero que Fassbinder logra mantener en el punto justo para usarlos como prototipos mientras les da una individualidad precisa, están siempre recubiertos de luz colorida que les aporta sentidos contextuales y emocionales.

A partir de los créditos, en los que sobre una foto en blanco y negro aparecen los nombres de todo el equipo en letras coloridas y brillantes, toda la película está cargada de pigmentos, tanto desde la dirección de arte como desde la iluminación fotográfica. A ratos incluso parece que usara la técnica de la serigrafía sobremontada de Warhol, pues la imagen es verde, fucsia, amarilla, roja o azul por fracciones.

En ocasiones esta luz es justificada desde el argumento, pues se trata de los reflectores y el mobiliario y vestuario propio del cabaret, pero en otros casos esto sucede sólo con intención plástica, como cuando Lola y Von Bohm charlan de noche en el carro: él es azul y ella es roja, si bien cuando muestra parte de sí en la conversación surge un brillo dorado a su alrededor. Y en el instante en que por fin sienten una comunión total, el mismo color los cobija a ambos.

Con un final blanco y más luminoso que nunca, Fassbinder de nuevo juega con sus personajes y el público, dando una vuelta más a la tuerca de las emociones y las intrigas, siempre con un carácter juguetón e irónico a una resolución donde todos parecen haber conseguido lo que quieren.

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