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El sinsentido de la guerra

Por Andrea Echeverri, andreacine.wordpress.com

Aclamada por los críticos del mundo entero —desde Cannes hasta la Academia de Hollywood— El prisionero de las montañas (Kavkazskiy plennik) es una hermosa reflexión sobre la guerra, la solidaridad y los lazos humanos. Se trata de una coproducción entre Rusia yKazajstán, dirigida en 1996 por Sergei Bodrov.

Basada en una novela del grandísimo León Tolstoi, La cautiva del Cáucaso, no era difícil adaptar la historia narrada, situada en una anterior contienda entre rusos y caucásicos, a las guerras intestinas que surgieron a raíz de la caída del telón de acero. Y es que las dos regiones tienen un largo historial de enfrentamientos.

Rodada a unos cuantos kilómetros de donde continuaba desarrollándose la guerra retratada, la acción fílmica sucede en un pequeño pueblo del territorio checheno. Las características étnicas y de comportamiento de los habitantes eran precisamente las que Bodrov pretendía retratar: un pueblo que conserva profundamente arraigadas sus costumbres, que dista en enorme medida del antiguo opresor.

Cerca de ese enclave, son tomados en cautiverio, casi por casualidad, dos soldados rusos, que serán encerrados en el granero de una de las casas, a falta de otro lugar más propicio. Con grandes dificultades de comunicación, por las diferencias idiosincrásicas, se van gestando las relaciones entre los prisioneros, y las de éstos y sus captores.

Sin mayores saltos narrativos que la cotidianeidad de la obligada morada de los rusos en terreno enemigo —que se ocupa, la mayor parte del tiempo, en buscar un método para escapar— y la de los habitantes del lugar, que llevan la vida tradicional y dura de los campesinos en una zona atrasada y escabrosa, se va gestando el cuestionamiento del sentido —o más bien de su falta— de la guerra, sobre todo para la gente de a pie, los campesinos, los jóvenes soldados que se alistan sólo para escapar de otras realidades aún más difíciles, pero que no encuentran gran cosa con la que identificarse en la pelea.

El único motivo que tiene el viejo captor para tener encerrados a sus rehenes es que su propio hijo, que había ido al frente sin su beneplácito, también ha sido tomado prisionero por el otro bando, y ahora tiene una base sobre la cual negociar para salvarle la vida.

Bodrov escudriña con lentitud y parsimonia los rostros y las intenciones de sus personajes, al igual que lo hace la cámara con el paisaje caucásico. Uno y otra nos van descubriendo sus secretos, sus características, sus caminos. Definitivamente, no se queda en estereotipos, a pesar de los inmensos contrastes que hay entre la anécdota y el terreno, y entre los seres que lo ocupan. Están bien definidos, matizados y tienen un papel claro y concreto dentro del desarrollo de la historia. Todos y cada uno están allí para querer, odiar, crecer y desmitificar la guerra.

Licencia Creative Commons
Este obra está bajo una licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.
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Un comentario el “El sinsentido de la guerra

  1. plared
    noviembre 4, 2011

    Una buena historia en una mala pelicula. Saludos

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