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El descalabro del amor maternal

Por Andrea Echeverri, andreacine.wordpress.com

Una de las principales características de la narración cinematográfica contemporánea es la fragmentación. Y Tenemos que hablar de Kevin (We Need to Talk About Kevin), película dirigida por Lynne Ramsay, es un ejemplo idóneo para hablar de este modo narrativo. En un comienzo, es extremadamente difícil encajar las piezas del relato que el filme va soltando en desorden, sin un hilo aparente.

La cinta, basada en la premiada novela de Lionel Shriver (ver reseña de su libro El mundo después del cumpleaños),  comienza con retazos de un sueño de Eva, la protagonista absoluta del filme, interpretada magistralmente por Tilda Swinton, en los que es llevada en andas en una especie de procesión en la que todos se arrojan algo semejante a pasta de tomate. Esto contrasta, a la vez que encaja, con planos de la realidad actual en la que los vecinos están tirando pintura roja sobre la fachada de la casa de Eva e incluso sobre su carro. Luego se intercalan imágenes del inicio del romance con su marido, y de la vida familiar con sus dos hijos ya crecidos —Kevin adolescente y Celia de unos siete años—, lo que hace mayor la confusión.

Más adelante se establece el que va a ser el patrón narrativo: se intercalan situaciones del presente, donde Eva Khatchadourian está sola, insegura y devastada por algo que sucedió y que claramente tiene que ver con su hijo Kevin —interpretado por un irreverente Ezra Miller— y momentos de su pasado que se van ordenando cronológicamente poco a poco: al comienzo hay momentos de todas las etapas, que luego se van solapando en grandes flash-backs.

Así, Ramsay nos permite ir conociendo por un lado a Eva, entender su fragilidad, a la vez que su capacidad de enfrentarse a la vida después de la debacle, a pesar de que no sepamos aún qué sucedió. Y por otro, nos va narrando cómo ha sido su vida, de qué manera pasó de ser una exitosa escritora de viajes a ser la piltrafa humana que ahora vemos. Todo gracias a Kevin, así como a la falta de apoyo de su marido, Franklin —John C. Reilly—, quien desde un principio no logra comprenderla, no se da cuenta de lo que sucede entre ella y su hijo. Y es que Kevin, “el pequeño monstruo de mamá”, como reza el eslogan de la cinta, se porta como un niño normal ante su padre, lo que aumenta la desesperación de Eva.

¿Cómo no querer a un hijo? Es la gran pregunta que plantea el relato. ¿Es la falta de amor de la mamá lo que convierte a Kevin en un ser tan difícil, o es serlo lo que hace que a su madre le cueste quererlo?, es la disyuntiva subsiguiente. El argumento de Shriver parte entonces del supuesto cultural de que a los hijos se los ama por principio, de que la familia es el eslabón más bajo pero el más fuerte de la sociedad. Y Ramsay sabe interpretar visual y narrativamente la contradicción que aquí se entrega: los hijos cambian la vida, pero no siempre para bien, no siempre son lo que los padres esperan.

Kevin no deja de llorar, no quiere aprender a hablar, no controla esfínteres a los seis años, no responde a ningún estímulo, y todos vemos cómo se esfuerza Eva. Y en las raras ocasiones en que Kevin baja la guardia, como cuando está enfermo, Eva puede demostrarle su amor, que por fin es sincero y sin contradicciones. Pero cómo es de difícil quererlo cuando él la está agrediendo todo el tiempo…  Es este dilema, presente todo el tiempo de manera impresionante en el rostro de la actriz protagónica, lo que sostiene la cinta, su base argumental y narrativa. El amor versus el desamor; la culpa, la impotencia, la rabia, contrapuestos a lo que debía haber sido, la vida normal, afectiva, serena.

Eva está hecha pedazos, y por eso es que la narración es absolutamente coherente con lo que cuenta. Vive de su pasado, lo repasa para ver qué pudo haber hecho para cambiar, pero no encuentra ese punto, pues todo al final da lo mismo. El pasado no se puede alterar, el presente pesa demasiado, y para Eva es difícil desentrelazarlos, así como lo será para el espectador.

Los aciertos del filme no se quedan en lo argumental y lo narrativo, sino que incluyen el campo estético. La composición de los planos es maravillosa, con tendencia al minimalismo, pero en su justa medida. Con encuadres medianos y amplios, Rampsey nos acerca al mundo de Eva, contrasta la vida ordenada del antes con el caótico ahora, nos presenta a su familia en imágenes que no están distantes de lo que podría ser un álbum de un buen aficionado a la fotografía, y apenas se acerca a los rostros cuando las emociones así lo ameritan. La dirección de arte, a cargo de Judy Becker, construye a la perfección primero la evolución de los personajes, como familia exitosa, y luego, la decadencia de Eva, mientras que la dirección de fotografía, en manos de Seamus McGarvey, crea atmósferas diversas, a veces de calma chicha y otras de angustia y desesperación.

Con una recepción crítica ambivalente, es una película que fácilmente desata pasiones, se la puede detestar con la misma intensidad con la que se la admira. Pero es innegable que es un ejercicio de estilo y narración de muy alta calidad, que plantea preguntas políticamente incorrectas bastante necesarias en nuestra sociedad.

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Esta entrada fue publicada en junio 18, 2012 por en Cine y etiquetada con , , , , , , .

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