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Sinestesia apocalíptica

Por Andrea Echeverri, andreacine.wordpress.com

Al final de los sentidos (Perfect sense) es una película apocalíptica que, desde su nombre, intenta ser sinestésica, y lo logra en gran medida. El cuestionamiento argumental es inquietante: ¿Qué pasaría si fuéramos perdiendo los sentidos, uno a uno? ¿Qué nos quedaría? Su propuesta formal no se queda atrás: una cámara turbulenta, unos encuadres llenos de color, juegos sonoros muy vivos y la evocación de los sentidos faltantes mediante imágenes sugestivas, en especial el gusto y el olfato se hacen vívidos mediante composiciones de alimentos, especias y objetos que de inmediato nos llevan a imaginar estas sensaciones.

Esta película escocesa (aunque la producción involucra otros países), dirigida por David Mackenzie en 2011, cuenta la historia de Michael y Susan —Ewan McGregor y Eva Green— dos seres complejos y problemáticos, que se topan por azar en medio del caos que los circunda. Michael es chef en un gran restaurante de Glasgow y, alérgico al compromiso, no soporta dormir con las mujeres con las que se acuesta. Susan es una científica que no consigue encontrar el amor y siente gran ambivalencia respecto a su hermana casada y con dos hijos. Cuando llega el primer gran brote de la epidemia, comienza su difícil relación.

Todo inicia con un ataque de dolor profundo, una pérdida de los recuerdos… y luego del olfato. Esto afecta directamente el trabajo de Michel, pues ahora los sabores de sus platos han de ser mucho más fuertes, pues sin aromas, el gusto necesita reforzarse. Es entonces cuando del ministerio de salud llaman a Susan, epidemióloga, para que empiece a investigar el asunto, que se propaga, sin razón ni contagio aparente, por varios lugares del mundo (en realidad, del viejo mundo: todas las imágenes provienen de Europa, Asia y África, y así será en el resto de los casos, así que tranquilos: como casi siempre en el cine de ellos, ¡nosotros nos salvamos!).

Lo más interesante es la relación conceptual que se plantea entre los sentidos, las emociones y el comportamiento: el olfato está relacionado con la memoria y la tristeza, es introspectivo e individual; a su vez, el gusto se asocia con la euforia y los excesos, antes de perder este sentido, la gente tiene un ataque de gula fulminante, no hay discriminación, todo vale. El oído se relaciona con la ira, un ataque de rabia que implica herir al otro está implícito en la incapacidad de oírlo; la vista, por su parte, tiene que ver con la iluminación, implica descubrir la belleza del mundo, aprehenderlo, para apropiárselo… antes de quedar ciego. Y el tacto, por último, es el sentido del amor: el contacto, parece decir el filme, es el sentido que nos queda, es lo que verdaderamente nos une a quienes amamos.

En este aspecto, entonces, la película es un ensayo, cuyo tema, más allá de una anécdota de ciencia ficción, es el sentido de la vida, de las relaciones humanas, de nuestra razón de ser en el mundo, de la comunicación. Y a la vez, por la manera en que es contada, es un poema, en su lirismo visual y sonoro, en su propuesta que linda en lo experimental en los momentos en que surgen los brotes epidémicos y cuando la narradora se va por las ramas y habla de lo que existe y de lo que se ha ido sin contarnos la historia.

El problema radica en que, si como ensayo poético funciona, como relato tiene muchos vacíos. Semejante en cierta medida a Blindness, la película de Fernando Meirelles  basada en el Ensayo sobre la ceguera de Saramago, no tiene la solidez argumental de ésta, pues quiere abarcar mucho más y no tiene una estructura firme que la sostenga. El final aparentemente feliz y lírico no es más que una ilusión, que además implica una inconclusión absurda: si nos planteamos la pregunta acerca de qué pasará después (y no unos cuantos días, con que pasen unos minutos basta) nos damos cuenta de que el idilio planteado es una falacia absoluta, que la única resolución posible es el desastre total. No sé si se trató de un corte de producción y el director tenía una intención distinta, menos edulcorada, o si desde el principio, al venderla como una historia de amor apocalíptica eso era lo buscado, pero el resultado es un engaño, un placebo que tiene el fin de dar contentillo al espectador: después de pedirle que piense, que se cuestione sobre cosas realmente importantes, al final se le dice, pero no importa, todo tiene solución, en últimas seremos felices. Cómo hace de daño Hollywood cuando permea el cine independiente.

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Un comentario el “Sinestesia apocalíptica

  1. juan
    septiembre 14, 2012

    Condillac ensayó con un ejercicio filosófico en que una estatua iba ganando sentidos… la pregunta era ¿cuándo alcanzaba la humanidad? En el 92, un colombiano ensayó escribir una novela en que un androide, que no sabía que lo era, iba perdiendo sus “sentidos” hasta ¿convertirse en una máquina?

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Esta entrada fue publicada en septiembre 12, 2012 por en Cine, Cine europeo, Cine independiente y etiquetada con , , , , , , , , , , .

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