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La reivindicación de las mujeres en el juego de mesa

Por Andrea Echeverri, andreacine.wordpress.com

En 2009 dos películas distintas, provenientes de lugares distantes, se acercaron a un mismo tema de manera similar: el empoderamiento de mujeres que casi no tenían una vida propia, a partir del descubrimiento de un pasatiempo para el que resultan talentosas. Se trata de Rompecabezas, cinta argentina, dirigida por Natalia Smirnoff, y La jugadora de ajedrez (Joueuse), francesa, de la directora Caroline Bottaro.

En el caso del filme suramericano, la trama se centra en la vida de María del Carmen —interpretada por la magistral María Onetto—, un ama de casa bonaerense de clase media, que está anulada por su familia, a la que atiende incluso en su propia fiesta de cumpleaños. Es en esa ocasión en la que recibe un regalo especial: un rompecabezas complejo. Después de arreglar la casa se dedica a armarlo y le gusta tanto que decide ir a la tienda a buscar otro. Allí ve un anuncio en el que se busca a un compañero para torneo, y decide probar. Aunque no tiene técnica, su talento natural hace que progrese en los certámenes, con el apoyo de su compañero, aunque con todo el recelo de parte de su familia…

Por su parte, La jugadora de ajedrez cuenta el relato de Hélène —la maravillosa Sandrine Bonnaire—, una mujer de clase baja, que vive en Córcega con su esposo y su hija, y que trabaja de mucama en un hotel y limpiando casas, queda fascinada por una turista que juega al ajedrez. En un juego de paralelismos con Rompecabezas, en este caso es ella quien da a su marido de cumpleaños un ajedrez electrónico, pero el regalo no es bien recibido. Sin embargo, ella lee las instrucciones y empieza a pasar las noches en vela jugando sola contra el cerebro del aparato. Ansiosa, finalmente decide pedirle ayuda al señor Kröger —Kevin Kline en un papel remarcable—, un extranjero hosco y maleducado para el que trabaja algunas tardes. Aunque reacio, finalmente accede, y queda impresionado con el talento de Hélène, y en este caso es él quien la incita a participar en un torneo, de nuevo al comienzo con el rechazo de su familia, en el que demostrará su valor.

No es casual que ambas películas estén dirigidas por mujeres, la mirada que se vierte en las historias, más allá de las simples anécdotas, es claramente femenina. Smirnoff es la autora del guion, mientras que Bottaro adapta la novela de Bertina Henrichs, pero en ambos casos se trata de relatos muy personales, cercanos, donde se desarrolla con profundidad e intuición la psicología de las protagonistas, donde lo que importa es qué sienten, cómo evolucionan, de qué manera se empiezan a querer a sí mismas, a creer en sí mismas a partir del juego.

En ambos casos hay una insinuación de triángulo amoroso, pero al final se queda en fantasía. Lo que importa es conquistarse a sí mismas, no empezar aventuras amorosas, no es necesario abandonar las familias, solo resignificarlas, demostrarles quiénes son, lo que pueden, lo que valen. Y eso no es casualidad.

Por supuesto hay grandes diferencias. En el caso de la cinta argentina, el juego es algo mucho más simple. Requiere concentración, sí, pero definitivamente no es valorado socialmente. María de Carmen gana trofeos, pero no se trata de algo que normalmente enorgullezca a nadie, no es común describirse diciendo “soy bueno armando rompecabezas”. Sin embargo, es su nuevo mundo, su conquista, es algo propio que la saca de la rutina, la hace brillar. El cambio en su vida es mucho más interno que externo. En cambio, en Joueuse el punto es que al principio nadie cree que ella, una simple criada, pueda ser buena en una ocupación burguesa, que implica inteligencia y normalmente bastante tiempo libre. Así que aquí el cambio no solo es interior, sino social, además de que el dinero que viene con los premios es fundamental para su vida cotidiana, y su hija adolescente, que se avergüenza del trabajo y la vida pobre de sus padres, empieza a mirarla de un modo totalmente distinto. El juego le cambia todo, hasta los sueños.

Formalmente las dos películas son deliciosas. La una es cálida, llena de detalles, con muchos diálogos, y la otra fría, con planos más largos, encuadres más amplios, pero ambas son precisas en sus imágenes, en especial para describir las emociones de las protagonistas. Las dos son pausadas, juegan con la música para llevar al espectador de la mano. Es de resaltar el montaje alternado en la escena del torneo de ajedrez, cuando Kröger evoca las partidas desde su casa, en una edición impecable, y mientras tanto el marido de Hélène espera fuera…

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