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Una playa de cemento y sueños rotos

 

Por Andrea Echeverri, andreacine.wordpress.com

Los ritos de paso son comunes a todas las culturas. En la sociedad urbana contemporánea a veces pasan desapercibidos, se camuflan en la vida cotidiana que los convierte en diplomas, entrevistas de trabajo, en fiestas de cumpleaños. Pero siguen existiendo, y La playa D.C. nos cuenta una de las múltiples maneras en las que se transitan.

Esta película, dirigida por Juan Andrés Arango, pertenece a esta nueva camada fílmica que está creando una nueva identidad en el cine colombiano, que se atreve a hablar de la realidad nacional sin que su tema directo sea el conflicto o el narcotráfico, que descentra las problemáticas —en este caso, aun a pesar de que la trama suceda en la capital—, que busca una estética propia y se atreve a salirse de los cánones narrativos hegemónicos.

La playa D.C. cuenta un momento decisivo de la vida de Tomás —bastante bien interpretado por Luis Carlos Guevara—, un muchacho afrodescendiente tímido e introvertido, desplazado proveniente de la región del Pacífico, que vive con su madre, su hermanito y su padrastro en un barrio marginal de Bogotá. Su hermano mayor, el Chaco —James Solis—, ha sido deportado de los Estados Unidos, y su otro hermano, Jairo —Andrés Murillo—, menor que él, está perdido en las drogas. Tomás trabaja de carguero en la plaza de mercado, pero lo que le gusta es dibujar. En casa lo presionan, y definitivamente no hay empatía con el marido de su madre, de otra raza —Saín Castro—, quien no acepta a Jairo por vicioso y acaba echándolo a él también. Entonces empieza el viaje iniciático, la travesía citadina que lo hará hombre.

Comienza por buscar a su hermano Chaco, quien quiere irse de nuevo de polizón a Norteamérica y pretende convencerlo de que lo acompañe, pero Tomás le dice que no puede marcharse sin haber encontrado a Jairo, de quien su madre le ha pedido que se responsabilice. Mientras tanto, deben conseguir el dinero para llegar a Buenaventura, donde se infiltrarán como polizones en algún barco que vaya al norte. Pero, mucho más que la meta, lo relevante es el interín, lo que sucede en ese “mientras tanto”, en el que Tomás debe tomar las riendas de su vida. Y en este proceso, Tomás descubre que a su afición al dibujo le puede sacar partido en la peluquería, una seña de identidad de la comunidad afro, lo que le dará raíces y lo posicionará, y además descubrirá el amor, así sea uno superficial y sin apenas palabras.

Se trata de una cinta eminentemente urbana —aunque se rompa a ratos la dureza del presente con los sueños y recuerdos de Tomás, que lo llevan a su pasado en el campo, cerca a Buenaventura, de donde tuvo que huir la familia cuando un grupo insurgente mató al padre—, que muestra la realidad de una comunidad que resulta invisible habitualmente, que se repliega sobre sí misma y mantiene en la medida de lo posible sus costumbres a pesar del drástico cambio de hábitat. Una mirada respetuosa y honesta, cargada de matices, que no juzga, que solo pretende entender a los tres personajes principales, así se le desdibujen —quizá demasiado— los demás.

A través de la historia de Tomás y sus hermanos, entonces, logramos conocer una Bogotá distinta, la Bogotá negra, marginada, que se convierte en un submundo con su propia escala de valores. Así, de la misma manera en que muchas veces nosotros no los vemos a ellos, la cámara parece no ver a los blancos ni a los mestizos, y las calles así parecen solo suyas, en planos con encuadres vigorosos, móviles, ágiles, que van dando cuenta de la apropiación paulatina que va haciendo Tomás de su nuevo entorno, el centro de la ciudad, ahora resignificado: su “playa”, donde parcha su comunidad.

La luz, como la música, cambia a lo largo de la película según la situación y el estado de ánimo de los protagonistas. En cierto momento Choquibtown se encarga de hacer mover a los personajes, así como el fuego le da calidez a cierta escena intimista entre los hermanos menores; otras situaciones son mucho más lúgubres, para acompañar las dificultades por las que atraviesa Tomás en su viaje interior.

Lineal y sencilla, la historia muestra el giro necesario del personaje, su solidificación. Tomás encuentra su lugar, su destino, y la película lo cuenta sin pretensiones, sin bulla innecesaria, con la capacidad cinematográfica de ser local y global al mismo tiempo, al contar una anécdota única y a la vez totalmente generalizable, y este es su mayor mérito.

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