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La política y la muerte como negocio

Poster Oficial

Por Andrea Echeverri, andreacine.wordpress.com

Aunque en apariencia Mátalos suavemente (Killing Them Softly, EE.UU., 2012) se trata de una película de mafia y ajustes de cuentas entre matones —dos exconvictos de poca monta son encargados de asaltar una sala de juego ilegal, y los “duros” contratan a un asesino a sueldo para que busque a los responsables y los mate—, en el fondo el film de Andrew Dominik —conocido por sus previas y alabadas, aunque irregulares, Chopper y El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford— habla de la realidad norteamericana: la política y la crisis económica, que queramos o no afectan al resto del planeta.

Desde el comienzo, se enmarca la historia en las elecciones de 2008, en una adaptación libre de la novela “Cogan’s Trade” (“El negocio de Cogan”), escrita por George V. Higgins en los años setenta. Todo el tiempo hay discursos electorales y del presidente saliente —George W. Bush—, sobre el rescate financiero, como telón de fondo, especialmente impactantes al inicio de la película. Se ven encuestas y entrevistas en las pantallas de los televisores de los bares, la cara de Obama y McCain en vallas y carteles por doquier. Y el protagonista, Jackie Cogan —un Brad Pitt cada vez más maduro— lo resume hacia el final: “Estados Unidos no es un país: es un negocio”.

Esto no es lo único sorprendente en Mátalos suavemente. Por el afiche, se esperaría una cinta llena de acción y violencia, pero no es así. Los instantes sangrientos son brutales, sí, pero son contados, y tienen, en términos generales, un tratamiento estético bastante lírico, en especial la muerte del Mikey, el personaje interpretado por Ray Liotta. El resto del tiempo, la película tiene un ritmo lento, la narración es mesurada, llena de diálogos críticos, cargados de cinismo, con un toque —aunque sin la magistralidad, hay que reconocer— de las primeras películas de Tarantino.

Se trata, sin duda, de un filme independiente, de bajo presupuesto, que gracias a un sólido guion y una propuesta de dirección supremamente interesante que reformula el género de gánsteres —siguiendo en cierta manera los pasos de David Cronemberg en películas como A History of Violence o Eastern Promises, pero con una personalidad propia: le mete toques de comedia, muchas conversaciones realistas, cotidianas, y, sobre todo, lo relaciona de forma retórica pero más directa que nunca con la realidad social—, logró atraer a un reparto de primera. Junto a Brad Pit y Liotta, aparecen James Gandolfini, Richard Jenkins y Sam Shepard, además de otros actores menos conocidos, en un cásting casi enteramente masculino (aparte de un par de extras, la única mujer que tiene una parte hablada es Linara Washington, quien interpreta a una prostituta que no sale nada bien parada… otra similitud con el primer QT).

El relato es lineal; la narración, sencilla, justa. No necesita más, la sobriedad le sienta bien. El montaje es notorio sólo cuando se necesita, usa efectos —que a veces se pasan un poco— en los momentos clave, y es con la edición con la que se logra sentir un lenguaje contemporáneo. La dirección de arte juega su papel como debe ser: diferencia espacios y roles, construye personalidades, muestra la decadencia de la sociedad. No hace concesiones: no muestra nada más “bonito” de lo que podría ser. Es de resaltar la caracterización de Russell —el australiano Ben Mendelsohn— el drogadicto que junto a Frankie —Scoot McNairy— da el golpe inicial que echa a rodar la trama del filme. Ayudada por el resto de elementos de la puesta en escena y el montaje, amén de la actuación, por supuesto, logra hacernos sentir el “viaje” de Russell, su “llevadez” permanente.

La fotografía, por su parte, si bien parece naturalista, juega también con los valores simbólicos. Hay personajes optimistas que suelen estar iluminados con colores cálidos, mientras que para otros, más calculadores, se usan los tonos fríos. Cogan, además de vestir de negro, y aunque usualmente es el foco de atención, se mantiene en medio de cambios de iluminación, pasa de la luz a la sombra constantemente, acentuando el misterio y la frialdad del asesino, que, como no soporta la quejadera, prefiere matar suavemente: “They cry, they plead, they beg, they piss themselves, they cry for their mothers. It gets embarrassing. I like to kill ‘em softly. From a distance” (“Lloran, suplican, ruegan, se orinan en los pantalones, llaman a sus mamás. Se vuelve embarazoso. Me gusta matarlos en silencio. A distancia”). Y después cobrar, por supuesto.

Por último, la música, discreta pero magnífica, es el toque final que envuelve la historia de una manera deliciosa. De nuevo, podría pensarse en un juego intertextual, cuando suena “Love Letters”, de Ketty Lester, que remite de inmediato a Terciopelo azul, de David Lynch. Mientras no suena la voz de los políticos, la música independiente, igual de comprometida —con canciones de Johnny Cash o The Velvet Underground, por ejemplo—, acompaña a los personajes y lleva al espectador por el camino de las emociones, tan escasas a veces en el argumento, por el tipo de mundo que se retrata —movido por la ambición desmedida—, anclada por algún tipo de relación entre lo que cuentan las letras y lo que está sucediendo en la escena, aunque de nuevo sirve como elemento retórico para evocar mucho más de lo que se está diciendo explícitamente.

No se trata de una cinta magistral, pero sí es diferente. Compleja, sutil, dura, simpática, fresca. Así, las pequeñas falencias, así no pasen desapercibidas, son excusables, pues el disfrute es mayor en la búsqueda de sentido que en la de errores de continuidad o de efectos especiales. Es una película para comentar, para tirar de los hilos que deja sueltos y entender aquello de lo que en realidad nos habla, mucho más allá de la anécdota que cuenta.

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3 comentarios el “La política y la muerte como negocio

  1. oscarcabrera88
    abril 18, 2013

    Buen análisis y para mi ha sido la mas lograda de Dominik.

  2. Miguel
    junio 26, 2013

    El personaje llamado Mikey no es Ray Liotta sino el gran James Gandolfini, de él no se muestra su muerte, termina en la cárcel.

    • Andrea
      julio 2, 2013

      Tienes razón, quise decir Markie Trattman.

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