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Azul y piel. La eterna búsqueda

La vida de Adèle

Por Andrea Echeverri, andreacine.wordpress.com

La vida de Adèle (La vie d’Adèle – Chapitres 1 et 2), la renombrada película del director franco-tunecino Abdellatif Kechiche —que ganó con ella la palma de oro en Cannes—, es un recuento del despertar de una jovencita a la vida, su proceso de madurez, su complejidad, sus temores, sus ansias, su pasión, su búsqueda insaciable. Y sobre todo, es una película de amor.

Kechiche se dio a conocer con su ópera prima, La culpa la tuvo Voltaire (La faute à Voltaire, 2000), una interesantísima historia sobre los inmigrantes árabes en Francia, y mantuvo su listón con los siguientes filmes, La esquiva (L’esquive, 2003), sobre la vida adolescente en los barrios suburbiales de París; Cuscús (La graine et le mulet, 2007), donde vuelve a la vida de los norafricanos afincados en el sur de Francia, y La Venus negra (Vénus noire, 2010), un drama etnográfico sobre una mujer negra exhibida como un espectáculo en Inglaterra. Lo que queda claro en su filmografía es que siempre pone su mirada en aquellos que son aparentemente débiles, marginados por la sociedad, censurados, o simplemente diferentes. Y lo hace con inmensa sensibilidad, con aproximaciones cercanas, respetuosas, afectivas.

Su paso más largo y más profundo lo da con Adèle. Es un acto de honestidad aclarar que se trata de dos capítulos en su vida, pues a la manera de las novelas clásicas, desarrolla al personaje cronológicamente de los quince a los veinticinco años, más o menos. Y la película obedece al cambio que sucede en la historia de su protagonista. Estructurada en dos partes, estética y argumentalmente distintas, que se suceden sin solución de continuidad ni previo aviso —nada anuncia que empieza el segundo capítulo—, mantiene una absoluta coherencia narrativa que da paso a la vida de adolescente a la de la juventud.

En cuanto a forma, en el segmento inicial, especialmente hermoso, predomina el azul, cada vez más luminoso, y el contenido se ocupa del florecimiento de Adèle a partir de su encuentro con Emma y hace énfasis en la sensualidad. La parte final, más dura, está contada en colores aparentemente más cálidos, pero a la vez más oscuros, y su tema y variaciones gira en torno a la búsqueda de sí misma, del amor y del sentido de la vida.

A Adéle —interpretada por la sorprendente y llena de matices Adèle Exarchopoulos— la conocemos en su entorno escolar, cuando está en medio de su bachillerato, y apenas empieza a coquetear con los chicos, alentada por su grupo de amigas. Dulce y tímida, conquista sin embargo a uno de los más guapos de su Instituto; se siente halagada, pero no le basta. Cuando un día que va a su encuentro descubre el brillo azul del pelo de Emma —la bella, encantadora y talentosísima Léa Seydoux—, una chica universitaria que va abrazada de su novia, pero que también se queda mirándola, su vida empieza a cambiar.

La vida de Adèle es mucho más que una película lésbica, si bien tiene las secuencias de sexo femenino más explícito —y hermoso— que se hayan visto en una cinta comercial. Se trata de un relato sobre el crecimiento, las búsquedas interiores, las luchas que vivimos contra nosotros mismos, y a la vez sobre el amor como pocas veces se ha contado, pues se acerca, muy detalladamente, a sus momentos más dichosos, a los más plácidos, a los más dramáticos, a los más pasionales, a los más dolorosos.

Nada nos prepara para ver La vida de Adèle, pero verla quizá nos dé herramientas para enfrentarnos a nuestra vida de maneras distintas, afrontar las relaciones, las pérdidas y los encuentros fortuitos. Y si no, al menos nos regala tres horas de placer estético cinematográfico.

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4 comentarios el “Azul y piel. La eterna búsqueda

  1. Fausto
    enero 31, 2014

    Siempre he creído que toda buena película te cambia por dentro. Similar efecto al del libro. Pero las películas tienen la ventaja en su ataque, en las imágenes, y en la historia que pretende el director proyectar. Y esta, es una de ellas. Es una original propuesta de película de amor.

    Saludos, Andrea.

  2. Felix Redondo
    marzo 4, 2014

    Muy buen post Andrea

  3. joanlojo
    mayo 13, 2014

    buen articulo sobre una buena películas 😉 pásate por mi blog para saber en que puedo mejorar ;))

  4. Paula
    mayo 22, 2014

    Sinceramente, para que se hagan películas lésbicas como ésta prefiero que no se haga ninguna… porque mucho decir que visibilizan y normalizan pero parece que nadie ve que en realidad estamos en lo de siempre: las relaciones entre mujeres se convierten en objetos de morbo masculino y en escenitas degradantes de tetas y coños antes que en cualquier otra cosa, y eso es más un retroceso que un avance.
    Soy lesbiana y estoy muy harta de escuchar tantas alabanzas absurdas a esta película que no es más que el desahogo pornográfico de las obsesiones de un director déspota. Fui a verla ilusionadísima porque el cómic me había encantado y tenía las esperanzas de encontrarme con algo igual de bueno o quizá mejor, pero no puedo expresar mi sorpresa al encontrarme tamaña basura… Quince minutos de porno lésbico completamente gratuito e injustificado que ensucian el resto del metraje y actúan a modo de llamada de atención desesperada (así como llamada a la recaudación, a la audiencia y a la crítica masculina) para disculpar tres horas insustanciales, desaprovechadas y vacías, con lo que podía haber dado de sí una temática inicial tan fantástica. El director sólo se preocupó de rodar tijeras y cunnilingus, no hay rastro de la profundidad de la novela gráfica, de su estética cautivante, de su buen gusto, de su sensibilidad, de su despliegue en cuanto a temas y motivos… sólo sexo explícito, poses ridículas y morbo facilón para arrastrar a la gente a verla y convertirla en vouyers.
    Sin esas largas escenas de sexo la película habría ganado en dignidad y fuerza, precisamente es contraproducente a su causa este excesivo regodeo. En lugar de estas escenas (o de gran parte de ellas) se podría haber aprovechado metraje e incluir, por ejemplo, una escena de ataque homófobo de los que están tan tristemente vigentes en Francia u otros países europeos, eso sí contribuiría a una mayor sensibilización del público y no una escena como la de las tijeras con la que la película cae en el ridículo, se descalifica a sí misma y le da la razón a quienes afirman que es pornografía mostrada sólo con el propósito de excitar. ¿Cuál es la intención si no de regodearse de tal manera? ¿Si no vemos ocho orgasmos no entendemos la pasión entre ambas protagonistas? ¿O la “necesidad” de meter estos quince minutos de sexo salvaje era porque si no nadie aguantaría tres horas soporíferas viendo a una actriz con cara de empanada? Mucho más importante y vital para la trama era la escena suprimida en el montaje final de los padres de Adèle echándola de casa cuando la pillan en la cama con Emma, que en el cómic marca un punto de inflexión importantísimo en la vida de la protagonista y así debería haber sido igualmente en la película para entender mejor su desamparo y su soledad. ¿Por qué se suprimió entonces? ¿Para darle más minutos al sexo? Resulta incomprensible.
    Me pregunto cómo es posible que nadie (o muy pocos) vean lo que es en realidad esta película: una fantasía pornográfica de un director heterosexual, basándose en un juicio apriorístico de cómo follan dos lesbianas que no es más que su propio deseo puesto en imágenes (y además tiránicamente, en plan “vosotras tocaos hasta la extenuación que yo filmo mientras babeo). De haber sido dos hombres los protagonistas (o un hombre y una mujer), el director jamás se habría recreado así en una escena sexual entre ellos y la película no habría sido tan brillante para los críticos. Si la pareja hubiera sido heterosexual y si el sexo, aunque realista, hubiera sido tratado de manera más sutil, de esta película ni se habla. Y mucho menos se la premia. Pero claro, a los críticos heterosexuales les ha gustado mucho y por eso ganó Cannes…
    Por eso, lo que me escama de todo esto (aparte de que me es imposible simpatizar con un señor que ha hecho que sus actrices se sientan poco menos que abusadas…) es que el director ha reducido una historia compleja sobre el amor, la amistad, la intimidad… en una larguísima escena de sexo hecha desde el punto de vista de un observador masculino que reduce a las lesbianas y a las mujeres en general en objetos hipersexualizados cuyas prácticas sexuales deben ser aquellas que despiertan los deseos del público. Como siempre, se reduce a las mujeres (lesbianas o no) a lo mismo. Objetos. Objetos con los que vender, comerciar, excitar… objetos masturbatorios y poco más.
    Esta película no hace ningún favor a la causa homosexual, más bien todo lo contrario.

    Si me extiendo tanto y me expreso con tanta vehemencia es porque quiero que mi punto de vista (que es el de muchas lesbianas también) ayude a entender por qué tanta indignación justificada con esta película, por eso insisto en dar explicaciones de lo que considero que es un enfado lógico (el que también siente la propia autora del cómic) y no una pura histeria “porque sí”.
    Recomiendo encarecidamente la lectura del cómic original para que cualquiera compruebe la diferencia por sí mismo en todo cuanto afirmo: claro que hay sexo, de hecho nadie niega la necesidad de que lo haya, pero está tratado de una manera completamente diferente: con buen gusto, sensibilidad y respeto. Son escenas estéticas y realistas, no tan facilonas, exageradas y burdas como en la película, donde la mirada masculina y casi onanista se delata por sí sola. La autora, Julie Maroh, también expresó su indignación al respecto. Conste, insisto, que en ningún momento se discute sobre no mostrar sexo en la película, de hecho es necesario y está justificado que se muestre, pero no ASÍ. El problema no es con el sexo explícito siempre que esté justificado y bien presentado. El problema es cuando se ha decidido mostrar una escena sexual larguísima con el único propósito de crear morbo gratuito y polémica para después querer tomar al espectador por tonto, hacerse el ingenuo y pretender venderlo como “arte”. Eso es lo indignante. Más que una relación sincera y realista entre dos mujeres parece una fantasía pornográfica bastante tópica (e incluso ridícula por determinadas posturas) de un hombre heterosexual.
    Tened por seguro que si Kechiche hubiera dirigido “Brokeback Mountain” o una historia de amor con dos hombres como protagonistas, ni de coña se habría recreado tanto. Es por este cúmulo de circunstancias por el que las lesbianas nos sentimos tan ofendidas: se nos reduce siempre a lo mismo, al mismo papel de objetos destinados a dar placer o morbo a la audiencia… Es curioso que las mayores alabanzas procedan, justamente, de hombres heterosexuales; las mujeres, heteros o lesbianas, la ponen bastante peor y son mucho más críticas. Será quizá porque la cosificación sexual de la mujer es algo tan enquistado en nuestra sociedad, en todos los ámbitos, lo tenemos tan admitido, que ni se permite darle la vuelta cuando alguien lo cuestiona (y entonces, de hacerlo, se nos tacha de histéricas, mojigatas o estrechas de mente, como si confundiéramos “abiertos de mente” con “necesidad de mostrar sexo explícito”) y, como siempre, se visibiliza a las lesbianas sólo para la consecución del placer masculino; se las muestra como objetos sexuales en la pantalla con la hipócrita excusa de que es necesario ver esas escenas pornográficas para entender la vida de la protagonista. Y así, la vida de Adèle se queda reducida a “La vida sexual de Adèle”. Una película fácil, vulgar, pornográfica, con todo lo que podía haber dado de sí (no se dedica apenas atención a la lucha interior de la protagonista, a los conflictos con sus padres y amigas ni la solución a los mismos, no se incide en la necesidad de una mayor visibilización y normalización, etc.)… Creo sinceramente que Kechiche no quiso desarrollar con la misma extensión y profundidad ningún otro tema más que el sexual, disfrazando tal cantidad exagerada de escenas pornográficas bajo tres horas de “cine” y “arte”. El director parece que sólo se dirige a un público específico para que alabe su obra. Podía haber hecho una verdadera maravilla, pero se dejó cegar por el recurso más fácil y explícito. Es verdaderamente una lástima.

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