Lanzamiento Amores clandestinos

Cubierta en baja

Boletín de prensa, por Diego Luis Martínez

DE LA CLANDESTINIDAD A LA LUZ

Ocurren en la vida real, ocurren en el cine, ocurren en la literatura. Historias de amores a escondidas, amores que en ocasiones son prohibidos, relaciones que se viven en la clandestinidad.

El Taller de Edición Rocca presenta, en el marco de la 26ª Feria del Libro de Bogotá,el próximo domingo 28 de abril, a las 5:00 p.m., en el salón Madre Josefa del Castillo, el libro  Amores clandestinos, de la escritora colombiana Andrea Echeverri Jaramillo. Se trata de  una colección de cuentos que relatan los encuentros y desencuentros de seres humanos tan normales como usted o como yo, personas que han sentido atracción por otras y no han dudado en acercarse, en sentir la piel, en sentir la pasión, en permitirse la libertad de conocer que lo prohibido es, a veces, lo que más placer causa.

Son textos que desde su primera frase invitan a sumergirse en triángulos amorosos, infidelidades, relaciones peligrosas en las cuales se pueden vivir el amor, el dolor o la pasión en cada letra, en cada palabra, en cada párrafo. Relatos que respiran angustia, que transpiran el humor de la prohibición, con personajes que en lo escondido permiten ser contemplados para descifrar lo más íntimo de la condición humana.

Desde ahora usted puede ser cómplice de ellos, puede acompañarlos en sus encuentros, puede ser parte de esos Amores clandestinos.

La política y la muerte como negocio

Poster Oficial

Por Andrea Echeverri, andreacine.wordpress.com

Aunque en apariencia Mátalos suavemente (Killing Them Softly, EE.UU., 2012) se trata de una película de mafia y ajustes de cuentas entre matones —dos exconvictos de poca monta son encargados de asaltar una sala de juego ilegal, y los “duros” contratan a un asesino a sueldo para que busque a los responsables y los mate—, en el fondo el film de Andrew Dominik —conocido por sus previas y alabadas, aunque irregulares, Chopper y El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford— habla de la realidad norteamericana: la política y la crisis económica, que queramos o no afectan al resto del planeta.

Desde el comienzo, se enmarca la historia en las elecciones de 2008, en una adaptación libre de la novela “Cogan’s Trade” (“El negocio de Cogan”), escrita por George V. Higgins en los años setenta. Todo el tiempo hay discursos electorales y del presidente saliente —George W. Bush—, sobre el rescate financiero, como telón de fondo, especialmente impactantes al inicio de la película. Se ven encuestas y entrevistas en las pantallas de los televisores de los bares, la cara de Obama y McCain en vallas y carteles por doquier. Y el protagonista, Jackie Cogan —un Brad Pitt cada vez más maduro— lo resume hacia el final: “Estados Unidos no es un país: es un negocio”.

Esto no es lo único sorprendente en Mátalos suavemente. Por el afiche, se esperaría una cinta llena de acción y violencia, pero no es así. Los instantes sangrientos son brutales, sí, pero son contados, y tienen, en términos generales, un tratamiento estético bastante lírico, en especial la muerte del Mikey, el personaje interpretado por Ray Liotta. El resto del tiempo, la película tiene un ritmo lento, la narración es mesurada, llena de diálogos críticos, cargados de cinismo, con un toque —aunque sin la magistralidad, hay que reconocer— de las primeras películas de Tarantino.

Se trata, sin duda, de un filme independiente, de bajo presupuesto, que gracias a un sólido guion y una propuesta de dirección supremamente interesante que reformula el género de gánsteres —siguiendo en cierta manera los pasos de David Cronemberg en películas como A History of Violence o Eastern Promises, pero con una personalidad propia: le mete toques de comedia, muchas conversaciones realistas, cotidianas, y, sobre todo, lo relaciona de forma retórica pero más directa que nunca con la realidad social—, logró atraer a un reparto de primera. Junto a Brad Pit y Liotta, aparecen James Gandolfini, Richard Jenkins y Sam Shepard, además de otros actores menos conocidos, en un cásting casi enteramente masculino (aparte de un par de extras, la única mujer que tiene una parte hablada es Linara Washington, quien interpreta a una prostituta que no sale nada bien parada… otra similitud con el primer QT).

El relato es lineal; la narración, sencilla, justa. No necesita más, la sobriedad le sienta bien. El montaje es notorio sólo cuando se necesita, usa efectos —que a veces se pasan un poco— en los momentos clave, y es con la edición con la que se logra sentir un lenguaje contemporáneo. La dirección de arte juega su papel como debe ser: diferencia espacios y roles, construye personalidades, muestra la decadencia de la sociedad. No hace concesiones: no muestra nada más “bonito” de lo que podría ser. Es de resaltar la caracterización de Russell —el australiano Ben Mendelsohn— el drogadicto que junto a Frankie —Scoot McNairy— da el golpe inicial que echa a rodar la trama del filme. Ayudada por el resto de elementos de la puesta en escena y el montaje, amén de la actuación, por supuesto, logra hacernos sentir el “viaje” de Russell, su “llevadez” permanente.

La fotografía, por su parte, si bien parece naturalista, juega también con los valores simbólicos. Hay personajes optimistas que suelen estar iluminados con colores cálidos, mientras que para otros, más calculadores, se usan los tonos fríos. Cogan, además de vestir de negro, y aunque usualmente es el foco de atención, se mantiene en medio de cambios de iluminación, pasa de la luz a la sombra constantemente, acentuando el misterio y la frialdad del asesino, que, como no soporta la quejadera, prefiere matar suavemente: “They cry, they plead, they beg, they piss themselves, they cry for their mothers. It gets embarrassing. I like to kill ‘em softly. From a distance” (“Lloran, suplican, ruegan, se orinan en los pantalones, llaman a sus mamás. Se vuelve embarazoso. Me gusta matarlos en silencio. A distancia”). Y después cobrar, por supuesto.

Por último, la música, discreta pero magnífica, es el toque final que envuelve la historia de una manera deliciosa. De nuevo, podría pensarse en un juego intertextual, cuando suena “Love Letters”, de Ketty Lester, que remite de inmediato a Terciopelo azul, de David Lynch. Mientras no suena la voz de los políticos, la música independiente, igual de comprometida —con canciones de Johnny Cash o The Velvet Underground, por ejemplo—, acompaña a los personajes y lleva al espectador por el camino de las emociones, tan escasas a veces en el argumento, por el tipo de mundo que se retrata —movido por la ambición desmedida—, anclada por algún tipo de relación entre lo que cuentan las letras y lo que está sucediendo en la escena, aunque de nuevo sirve como elemento retórico para evocar mucho más de lo que se está diciendo explícitamente.

No se trata de una cinta magistral, pero sí es diferente. Compleja, sutil, dura, simpática, fresca. Así, las pequeñas falencias, así no pasen desapercibidas, son excusables, pues el disfrute es mayor en la búsqueda de sentido que en la de errores de continuidad o de efectos especiales. Es una película para comentar, para tirar de los hilos que deja sueltos y entender aquello de lo que en realidad nos habla, mucho más allá de la anécdota que cuenta.

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Los riesgos de un domingo decadente

EDIFICIO ROYAL

Por Andrea Echeverri, andreacine.wordpress.com

Una vieja edificación multifamiliar, otrora lujosa y hoy venida a menos, es el espacio en el que confluyen siete personajes muy diversos, que dan sostén a la trama de la singular Edificio Royal, ópera prima del barranquillero Iván Wild, quien hasta ahora se había destacado como montajista en el cine colombiano.

Cercana a la tradición del “gótico tropical”, esta película pone en el panorama una mirada distinta en el cine colombiano. Se trata de una  historia coral, con una ligera desarticulación temporal –que no obedece a flashbacks tradicionales ni a recuerdos–,cuyas situaciones lindan con lo surrealista. Elementos como estos hacen de Edificio Royal una propuesta arriesgada –como dice Pedro Adrián Zuluaga en su excelente reseña– e interesante, aunque le falte un poco de elaboración.

En un domingo cualquiera, Justo –Jorge Perugorría–, dueño de una funeraria, decide llevarse a casa a un muerto embalsamado pues sus deudos no tienen con qué pagarle las pompas. Su mujer, Margarita –Katherine Vélez–, está inquieta por un sueño que tuvo y quiere saber por todos los medios qué le depara el destino. Sus vecinos, Graciela y Humberto –Beatriz Camargo y Jaime Barbini–,una pareja mayor, vive su propio infierno: él sufre de Alzheimer y la culpa a ella de no hacer las cosas bien. Por su parte, la administradora del edificio, Zoila –Laura García– quiere mantener a toda costa las apariencias para que el lugar –y ella misma– parezca lo que fue treinta años atrás, con la ayuda invaluable del portero –Adel Vásquez–, que sirve para todo y trabaja incansablemente. Las mayores complicaciones vienen de la mano del Inspector de Sanidad Pedraza –Fabio Restrepo–, un paisa que justo el día de la final de fútbol entre Nacional y Junior va a revisar si en el Edificio Royal hay plagas de insectos.

Con grandes aciertos en la dirección de arte y de fotografía: muy buena definición visual de los personajes y los espacios, un uso de los colores muy interesante, una muy lograda atmósfera enrarecida, matices de iluminación sugestivos, la película está bien lograda plásticamente. Sin embargo, los personajes a veces parecen quedar a la deriva en el espacio, los toques de comedia no logran ser suficientes, ni el drama es tan poderoso como para adueñarse de la trama. Está claro que no juega a seguir la tradición de los géneros tradicionales, pero no encuentra tampoco un punto en el que el espectador se sienta del todo cómodo. Es bien probable que ese nivel de incomodidad sea una búsqueda consciente de Wild, y en ese caso sería un acierto, pero aun así es un riesgo difícil de correr.

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Deliciosa irreverencia para contar un clásico

anna-karenina

Por Andrea Echeverri, andreacine.wordpress.com

La combinación de la sensibilidad de Joe Wright en la dirección, la cuidadosa adaptación de una excelente novela y Keira Knightley como protagonista funciona cada vez mejor. Orgullo y prejuicio (Pride & Prejudice), de 2005, con pie en la más famosa historia de Jane Austen, fue mucho más que correcta, aunque en esa ocasión, Wright todavía no se atrevió a correr riesgos. Más adelante, con Expiación (Atonement, 2007), basada en el maravilloso libro de Ian McEwan, la propuesta fue mucho más interesante. La manera en que puso en escena dos diferentes puntos de vista, la oposición estética entre las dos partes del relato, la banda sonora que jugaba con la máquina de escribir de la narradora, son elementos que la hacen especialmente interesante.

Ahora Wright, con Anna Karenina, producción británica que pone en escena la obra maestra de León Tolstói, se arriesga todavía más y consigue un resultado complejo pero delicioso, gratificante para los sentidos, bastante fiel al espíritu de la novela rusa —a pesar de las obvias libertades de su adaptación— y que resulta un homenaje al primero de los grandes teóricos cinematográficos, Riccoto Canudo, quien acuñó el término “séptimo arte”, pues decía que el cine era el culmen de todas las artes, pues es lo que viene a demostrar esta película.

“Todas las familias felices se parecen; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada”, reza la primera frase de una de las más grandes novelas de la literatura universal, modelo de realismo, y que ha sido llevada al cine en numerosas ocasiones, a pesar de su larga extensión. El reto, pues, no era fácil: mostrar esta desgracia de una manera diferente y quedar a la altura del emblemático autor decimonónico sin cortar nada de lo esencial. La apuesta fue multidisciplinaria: una mezcla de literatura, pintura, coreografía, fotografía, música y sobre todo teatro, ensamblados de buena manera en una pieza cinematográfica.

Para hablar de esto, tengo que usar algunos términos “especializados”, que explicaré. El primero es la diégesis, que es el universo lógico en el que se desarrolla una historia, y que abarca no solo los aspectos argumentales, sino también estilísticos, y esto es muy importante en este caso. Es diegético, entonces, todo lo que encontremos coherente dentro de una película, según lo que esperemos de ella: si es fantástica, nos parecerá normal que los personajes vuelen o se teletransporten, digamos; pero si es realista, lo diegético será, en cambio, que un grupo muy reducido de personas acabe relacionándose entre sí, por economía de recursos. En cuanto a lo estético, suele ser diegético, por ejemplo, que los recuerdos de épocas pasadas se muestren en tonos distintos a los que se usan para expresar el presente —sea blanco y negro, sepia o colores poco saturados—, o que se usen planos picados y contrapicados (la cámara desde arriba y desde abajo, respectivamente) para mostrar la inferioridad y la superioridad de dos personajes que se relacionan. Hablaremos de música diegética cuando la escuchan los personajes, pero cuando no la oyen, cuando está puesta sólo para nosotros como espectadores, se trata de música extradiegética. Cuando en una película se cambia abruptamente de coloración, sin que haya justificación temporal, esto también será extradiegético; cuando la cámara hace movimientos extraoridinarios, igual, y así por el estilo.

Teniendo esto claro, podemos entonces hablar del espacio teatral de la película, que da comienzo con la apertura —icónica— de un telón. En un escenario clásico —tipo teatro Colón— están los personajes principales, que más adelante estarán también, en ocasiones, en la platea o los palcos de ese mismo lugar viendo ópera o representaciones dramáticas. Así, se mezcla lo diegético y lo extradiegético de manera muy sugerente. Incluso, en algunas ocasiones, cuando un personaje que está sobre el escenario sale de la locación —que representa la casa de otro, digamos— al atravesar la puerta, en vez de, gracias al montaje, salir a la calle o aparecer en otro lugar distinto, se encuentra en el espacio teatralmente no-diegético de la tramoya o las bambalinas —donde están las cuerdas que suben y bajan telones, las demás escenografías, la utilería, la gente del equipo—, y a través de estos lugares tan extraños cinematográficamente, pero tan bien encajados diegéticamente en el estilo de la película, llega a donde se dirige.

La dirección de arte es formidable y muy contrastada. Y me da pie para hablar de la siguiente dupla de términos teóricos: formalismo y realismo. Algunos de los pensadores del cine opinan que éste debe reflejar la realidad lo más fielmente posible, mientras que otros consideran que debe recrearla creativamente. No se trata de contar historias verídicas o fantásticas, sino del modo de hacerlo: mientras el formalismo aboga por los contrastes, la fragmentación, la diferencia, el realismo busca que el espectador vea reflejado el mundo de una manera cristalina aun si la historia es de ciencia ficción. Anna Karenina, de nuevo, busca una mezcla de ambas cosas: en el vestuario y en la utilería, cuidados al máximo tanto en estilo como en el uso del color en su búsqueda de sentido y proporción, mantiene una intención de cercanía a la Rusia de fines del siglo XIX; pero en el resto de la puesta en escena, en la escenografía, en la propuesta lumínica, en la propuesta coreográfica intensa, el formalismo es explícito.

Se ha dicho que los personajes no tienen la profundidad necesaria. Es claro que la disposición estética tiene supremacía sobre la construcción dramática, sí, y también es difícil competir con, pongamos, Greta Garbo —que interpretó a Anna dos veces—, pero la manera de retratar a Karenina — Keira Knightley—, a Karenin —Jude Law— y a Vronsky —Aaron Taylor-Johnson— funciona para expresar la complejidad del triángulo amoroso más famoso de la historia, y cada uno aporta lo suyo: Law le da una severidad bien trabajada a su personaje, que tiene buenos altibajos; Taylor-Johnson ofrece sensualidad y picardía, aunque quizá si le falten algunos matices, y Knightley logra hacer vívida la fragilidad y volubilidad de la protagonista.

El resto del reparto también funciona, en especial los que dan vida a Konstantín —Domhnall Gleeson—, a Oblonsky —Matthew Macfadyen— y a su mujer —Kelly Macdonald—, contrapartes esenciales de la historia: el primero, que funciona como héroe en la novela de Tolstói, y que aunque no parece encajar demasiado en la trama en algunos momentos, es sólido y encantador en su complejidad; los otros son el espejo de Anna y Karenin, aunque con un desenlace mucho más satisfactorio, al menos aparente, pues sacrifican la felicidad por la estabilidad social.

En conjunto, un deleite visual y sonoro —la música es otra delicia— que sorprende a los que hayamos leído el libro por tratarse de una irreverente manera de contarlo sin faltarle el respeto, y una buena forma de aproximarse a él para quienes no lo conocen.

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La otra cara de la historia

OperaciónE

Por Andrea Echeverri, andreacine.wordpress.com

La historia de la Operación Emmanuel la conocemos todos: a finales de 2007 las Farc deciden liberar a tres secuestrados, y el gran anuncio es que entre ellos se cuentan Clara Rojas y Emmanuel, el hijo que tuvo en cautiverio, separado de ella al poco tiempo de nacer. Luego vino el escándalo: que la guerrilla no tenía al niño, que se lo había entregado a un campesino, que ahora estaba en poder del ICBF, un montón de noticias cruzadas que se agrandaban mientras se iba prolongando la espera de la liberación. Al fin las Farc no lograron recuperar a Emmanuel, pero soltaron a Rojas y a la otra secuestrada, una vez el Gobierno lo descubrió en Bienestar y lo entregó a la familia.

Ésta es la anécdota noticiosa. Sin embargo, de lo que se ocupa Operación E, película hispano-francesa dirigida por Miguel Courtois Paternina en 2012, es de lo que sucedió en la selva. No se trata realmente de la historia del pequeño, sino de la de José Crisanto Gómez —interpretado por el actor español Luis Tosar—, el campesino al que la guerrilla entrega el niño para que se ocupe de él por un tiempo, y luego lo deja en el olvido hasta el momento en que llega el alboroto del acuerdo humanitario.

Esta película tuvo su premier oficial en Colombia en el marco del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias —FICCI—, tras la batalla legal ganada a Clara Rojas, quien quería impedir su proyección en el país alegando que lesionaba el desarrollo y la salud de su hijo, pero cuya acción de tutela era considerada una forma de censura inadmisible, y fue bien recibida por el público. No es de extrañar, ya que es un relato bien contado y con la actuación excepcional de Tosar, que logra imitar el acento colombiano casi a la perfección, con buena calidad técnica y una producción holgada.

Detrás de eso, no hay mucho más. Se evitan los juicios de valor: Crisanto es visto más que como un secuestrador, como el salvador de Emmanuel —si bien lo llevan a su casa para que lo cure su suegro, un chamán indígena, interpretado por Gilberto Ramírez, es él quien se ocupa del niño—, aunque después lo deje en manos de los funcionarios del ICBF y no vuelva a preguntar por él hasta que las Farc lo amenacen de nuevo. Martina García, que hace el papel de su mujer, como siempre, crea un personaje más bien plano, sin muchos matices, cuya función principal es cautivar al público con su belleza.

Narrativamente, el filme es sencillo, lineal, de fácil comprensión. La dirección de arte es cuidada con esmero, en una búsqueda realista acorde con la intención de adaptarse a hechos verídicos. La fotografía es encantadora. Sin duda la mirada extranjera sabe cómo explotar la belleza de la selva colombiana, regodearse en su luz, en una cinta rodada en buena parte en exteriores. Pero sin duda lo mejor de la película, insisto, es la actuación de Tosar. Logra crear un personaje entrañable, un campesino simpático y con labia, que si bien no logra escabullirse de las Farc, se sale con la suya en muchas ocasiones, y cuyo principal interés siempre es proteger a su extensa familia. Nunca pudo hablar con el verdadero Crisanto, pues éste estaba en la cárcel pagando precisamente su condena por este caso, así que creo el personaje ficcionalmente, pero logra darle vida propia y se roba el show.

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Si por mí fuera…

beasts of the southern wild

Por Andrea Echeverri, andreacine.wordpress.com

Una de las películas más conmovedoras del cine contemporáneo, Beasts of the Southern Wild (Bestias del sur salvaje), ópera prima de Benh Zeitlin, ganadora en Sundance y en Una cierta mirada en Cannes, y una de las Gemas del FICCI, abre un panorama a un universo desconocido hasta ahora para los foráneos.

En Bathtub, un bayou del Mississippi, enclave de pobreza absoluto, que podría pertenecer a cualquier zona vulnerable de África o Suramérica -como las que regresan a los noticieros cada que las temporadas invernales renuevan las inndaciones-, vive una comunidad marginada y alternativa. Allí, Hushpuppy -la asombrosa Quvenzhané Wallis-, una niña de seis años sobrevive junto a su padre Wink -Dwight Henry-, borracho, enfermo y con mal temperamento, que la adora y la quiere fortalecer para que pueda soportar los embates de la vida, pero no la sabe tratar como se debe.

Narrada desde su mágica voz, lo que admite que realidad y ficción convivan de una manera realmente maravillosa, Husspuppy cuenta  la historia de su desalojo y su lucha por recuperar su territorio, su enfrentamiento con las bestias, las humanas y las fantásticas, el anhelo por recuperar a su madre y salvar a su papá, su pueblo y su comunidad, a partir del momento en que un deshielo centenario inunda el bayou y descongela a los aurochs, unas míticos animales que vienen a destruirlo todo… como los blancos que se esconden detrás del dique y que dicen pretender salvarlos en unas condiciones que no tienen en cuenta nada de sus costumbres, sus ideas ni su identidad.

Con unas imágenes de una potencia inusitada, que admiten la mezcla de glaciales y aurochs con escenografías y situaciones de un realismo apabullante, en espacios creíbles y casi palpables, una fotografía magnífica que explota la incidencia de la luz en exteriores de la mejor manera posible, una dirección de arte cuidada y minuciosa, una producción cuya independencia no implica descuido alguno, una música maravillosa, la película es una revelación. Lirismo absoluto, potencia, dureza, una mezcla extraña y que resulta sorprendente que funcione. Y lo más increíble de todo es la capacidad de Quvenzhané Wallis para sostener, a su corta edad, todo un filme de semejante envergadura dramática con tanta altura, con toda su simpatía, su carisma y su fortaleza. Larga vida a ella y a Zeitlin, se pueden esperar grandes cosas del cine que nos ofrecerán en un futuro si la vida los trata bien.

Si por Hushpuppy fuera, la vida de Bathtub sería distinta. Si por mí fuera, esta habría sido la ganadora absoluta de dos Óscares.

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El amor hasta la muerte

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Por Andrea Echeverri, andreacine.wordpress.com

Michael Haneke es demoledor incluso cuando conmueve. En este retrato profundo del Amor (Amour), tal como titula su última película, el director alemán, conocido por obras tan disímiles como La profesora de piano, La cinta blanca, Código desconocido o Funny Games se decanta por personajes sencillos y entrañables, una pareja de ancianos que viven el uno para el otro sin importar las condiciones, que afrontan la existencia con estoicismo con tal de permanecer juntos. Pero la historia, sobra decir al tratarse de Haneke, es mucho más compleja de lo que parece.

La cinta, ganadora de la Palma de Oro en Cannes y de 30 premios más en 2012, y nominada a cinco Óscares este año, incluido el de mejor película, a pesar de estar hablada en una lengua no inglesa, para la que existe una categoría propia —en la que también está nominada, por supuesto—, es un retrato pausado y distante del final de la vida de esta pareja.

Comienza por el final, en los primeros planos vemos a Anne muerta en su cama, rodeada de flores. No es de extrañar: ella y su marido, Georges, pasan de los ochenta. Así que no se trata de saber qué pasará, sino cómo. Con planos muy largos, a veces casi exasperantemente estáticos, y otras móviles de seguimiento de los personajes —casi siempre en pos de Georges— en su deambular por el gran apartamento, la cámara se acompasa al ritmo de vida de la pareja, que seguramente dejó de trabajar hace tiempo, aunque mantiene vivas sus pasiones, en especial la música y la lectura.

Si bien está rodada en color, a veces da la impresión de ser una película en blanco y negro, tal vez por su opacidad. La trama sucede en entretiempo —no es pleno verano definitivamente—, las ventanas no dejan penetrar los rayos del sol, y aunque los acontecimientos diurnos son mayoría, la luz, si puede decirse algo así, brilla por su ausencia. El contraste es bajo, como el que hay entre un día y otro en la vida de ambos. Georges cuida de Anne, que empeora cada día, pero el cambio es paulatino, es como si su luz interior se fuera también apagando.

Viejos ambos, enferma ella, y sin embargo hermosos y adorables. Le prestan su figura, su entereza, su talento y toda su historia ni más ni menos que Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva, dos de los más grandes actores del cine francés. Si los hemos de recordar por una sola de sus películas, las emblemáticas serían Il conformista, de Bertolucci, en el caso de él, e Hiroshima, mon amour, de Alain Resnais, en el de ella. Los acompaña además —y les da la talla— Isabelle Huppert en el papel de Eva, la hija que vive lejos y los visita cada que puede, que se ha ido volviendo una extraña, que se quiere acercar pero no sabe cómo, que se enfrenta a su padre pero no tiene armas para confrontarlo.

La película es demoledora por la manera en la que Georges afronta ese amor, más que por el deterioro de Anne. Verla empeorar es doloroso, tanto para él como para nosotros como espectadores involucrados, pero aquí el protagonista es él. Haneke nos está contando acerca de su amor. El amor de verdad. No el romántico, no el enamoramiento, sino el que se siente hasta los huesos, el que dura hasta la muerte, pero de una manera distinta a como lo han vendido los cuentos de hadas. El que plantea verdaderos dilemas, en tanto no aliena pero pide concesiones en exceso complicadas. Ese amor que en el fondo buscamos pero nos asusta tanto encontrar.

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