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Dos por dos


Cubierta en baja

*Este cuento hace parte del libro Amores clandestinos, publicado por Taller de Edición Rocca.

© Andrea Echeverri Jaramillo, 2013.

Dos por dos

Ernesto y Juana, Daniel y Gloria son dos parejas inseparables. Daniel y Ernesto fueron compañeros de colegio; Gloria y Juana hicieron buenas migas desde que se conocieron. Unos y otros fueron padrinos y madrinas en las bodas, pasan al menos unas vacaciones juntos al año, han hecho planes de conseguir en compañía una finca y hacerla productiva, tienen (o piensan tener) los niños en el mismo jardín, se los cuidan mutuamente cuando es necesario, pero casi siempre contratan una misma niñera para salir todos juntos. La confianza entre los cuatro es inmensa. Casi se han convertido en una sola familia. Si unos se trastean, los otros empacan y mueven cajas; cuando alguno cumple años, la otra pareja organiza la fiesta; si unos hacen una comida, los otros se ofrecen a ayudar.

En la celebración de su ascenso, Ernesto bebió más de la cuenta y se quedó dormido en el sillón. Gloria se fue a despachar a la niñera, Daniel se quedó a recoger regueros y desorden con Juana. Ernesto no era el único que había tomado, los dos que quedaban en pie no estaban en completo juicio. Casi como una broma, Daniel se acercó a Juana justo cuando se agachaba a levantar un vaso, y se apretó a su trasero. Ella, en vez de reírse y apartarlo, se movió insinuante.

Daniel la levantó agarrándola de los pechos, ella giró graciosa y le ofreció los labios. Ernesto roncaba a su lado, podría despertar y descubrirlos, eso no los detuvo. Se besaron y acariciaron voraz y velozmente hasta acabar rodando por el piso. Ni sus gemidos irrefrenables sacaron al otro del sueño, ni la fuerte respiración de él logró interrumpirlos.

Al terminar, simplemente se levantaron, se arreglaron la ropa y siguieron limpiando la sala y la cocina, sin atrever a mirarse. Daniel ayudó a Juana a llevar a Ernesto a la cama, le quitó los zapatos y la dejó con él. No se dijeron nada. Estaban borrachos, y ambos esperaban que esto se convirtiera en una laguna.

A la mañana siguiente los dos se acordaban de todo; cada uno rogaba a los santos que el otro lo hubiera olvidado. No hablaron del tema en el almuerzo compartido, intentaron ser tan naturales como siempre. Evitaron mirarse, quedarse solos en el comedor o en la terraza, no se dirigieron directamente la palabra. De resto todo aparentaba ser normal. Y  en sus parejas no parecía haber rastro de sospecha.

Tal vez Gloria notó a su marido distraído, pero lo atribuyó a su obsesión por el niño, y decidió volver a prestarle atención, olvidar la comida sana de vez en cuando para prepararle su sobrebarriga, ver alguna cinta que no fuera infantil, cosas por el estilo. Pareció funcionar: poco a poco recuperó la atención de Daniel. Ernesto, en cambio, ni siquiera se dio cuenta del rubor de su esposa las primeras veces que los amigos timbraban o se acercaban a abrirles la puerta. Nunca le había dado motivo para dudar de ella, y no se le ocurrió que fuera hora de empezar.

La vida siguió como de costumbre. Paulatinamente recuperaron la espontaneidad, cada vez era más fácil disimular lo incómodo del recuerdo. Pero ambos pensaban en el incidente con excesiva frecuencia. Juana, con una sombra de vergüenza y arrepentimiento, aunque más por el deseo mismo que se le despertaba al rememorar que por el acontecimiento en sí, que ya parecía un suceso ficticio, indistinguible de una ilusión. Daniel lo había convertido en su fantasía por excelencia, que volvía con regocijo cada que estaba con su mujer y cerraba los ojos, o en las escenas eróticas de las películas. Eran cosas que ambos supieron guardar con esmero, no sólo ante sus cónyuges, sino el uno frente al otro.

El tiempo transcurrió. Alguno de los cuatro tuvo un cambio de trabajo, otro lo perdió y su estabilidad económica empezó a flaquear, pero no sucumbió gracias a la solidaridad de la otra pareja. Los planes se hicieron más caseros, siempre involucrando los unos a los otros. Nació un hijo más, y la alegría no se hizo esperar. Los otros niños se hicieron suficientemente mayores para ir al colegio, en el que pasaban gran parte de la jornada.

Juana debía llevar al bebé a su sesión de estimulación temprana, y Daniel, que había dejado de ser oficinista un par de años atrás, se ofreció a llevarla para que Ernesto no tuviera que solicitar un nuevo permiso. Había transcurrido suficiente tiempo como para que ambos se sintieran absolutamente cómodos con el otro de nuevo, así que les pareció perfecto. En el centro médico lo confundieron con el papá del niño, y ninguno de los dos desmintió el malentendido. Les pidieron su participación conjunta, en la que en un momento debían abrazarse, para mostrar afecto delante del bebé. Entonces Juana sintió la dureza en la entrepierna de Daniel, y de inmediato se humedeció. No dijo nada, ni siquiera lo miró, pero supo que ya no había remedio.

Al volver a la casa acostaron al niño; tras cerrar su puerta, Daniel la empujó contra la pared del pasillo y empezó a besarle la cara y el cuello mientras le metía mano por todas partes. Los dos pantalones cayeron hasta los tobillos y sin cambiar la postura erguida lograron llegar a sendos clímax. Al acabar, Juana, como si nada, le ofreció café y bajaron a la cocina sin lavarse. Lo bebieron comentando asuntos escolares, el plan previsto para el fin de semana, alguna noticia de farándula.

En cuanto Daniel se fue, Juana se cambió de ropa interior, buscó alguna mancha en la pared o el tapete del corredor de arriba y aunque no encontró nada, limpió con desinfectante aromatizado, intentando borrar afuera huellas que quedaban en su interior. Esta vez ya no había escapatoria. Había sido un acto consciente por parte de los dos.

En el carro, por su parte, Daniel tomó una servilleta, se bajó de nuevo los pantalones y limpió las trazas de su excitación anterior. Se miró con atención en el retrovisor, pero no halló marcas de Juana en su rostro o en el cuello de la camisa. Estaban solamente en la boca del estómago, y hasta allí no lograba llegar a removerlas.

Tardaron varias semanas (ya no años, ni siquiera meses) en recobrar la seguridad ante sus parejas y entre ellos mismos cuando estaban juntos. Apenas lo lograron, buscaron otra excusa para quedarse solos, y continuaron haciéndolo cada que tenían oportunidad. El sexo siempre era rápido, jamás en una cama, nunca se desvistieron por completo. Aun así, se convirtió en hitos en la vida de ambos.

Aprendieron a llevar una doble vida. No hablaban del asunto, no se atrevían a preguntarse qué los hacía sentir peor, si el engaño al esposo o al amigo. No se mostraban las raspaduras o moretones que algunas superficies les habían producido, ni confesaban cuándo no habían logrado obtener el placer esperado. Prolongaban la situación todo lo que podían, previendo, en el fondo, que un día u otro tendrían que detenerse.

Una mañana sintieron la puerta antes de acabar. Se apartaron uno de otro, cerraron botones y cremalleras, se alisaron el pelo. Falsa alarma. Pero sirvió para que por primera vez hablaran de lo que implicaba estar juntos, sin nombrar lo que sentían. No se mencionó amor ni deseo, ternura o compañerismo, remordimientos o cinismos.

Desde entonces, un componente de angustia se sumó a la lujuria. Sentían aun más prisa, lo que dejaba a uno u otro iniciado con mayor frecuencia. Volvió a costarles mirarse a la cara cuando estaban los cuatro, o los nueve contando a los pequeños. Y también se hizo más difícil sostener la mirada del marido o la mujer cuando quedaban solos. Estar juntos les causaba entonces más desasosiego que placer, pero a pesar de que cada cual por su lado intentó parar, ninguno lo logró, se había convertido en un vicio, una adicción irrefrenable.

Ernesto y Gloria seguían como siempre. No parecían percatarse de nada, no mostraban suspicacia alguna. Seguían alegres y tranquilos, demasiado adorables como para exacerbar el conflicto interno de sus cónyuges. Daniel lo sobrellevaba mejor, pero Juana estaba carcomida por los nervios, se tornaba irascible, torpe, ansiosa. Le parecía que Ernesto no se merecía eso, y Gloria tampoco, por supuesto.

Una tarde entró a su casa después de una sesión erótica en el carro, y encontró un sobre con su nombre sobre la mesa del teléfono. Daniel, por su parte, descubrió que la puerta de su casa estaba abierta. Juana abrió la carta y reconoció la letra. Daniel escuchó ruidos en su alcoba. Juana leyó la confesión de su marido. Daniel encontró a su esposa cerrando la maleta. Juana se sentó en el suelo llorando inconsolable. Daniel miró atónito a Gloria, que le pedía que no dijera nada y la dejara ir.

Se dieron cuenta de que los otros tenían mucho más coraje. Se habían enfrentado a lo que sentían y asumían las consecuencias, a diferencia de ellos, que pretendían acapararlo todo. Ernesto y Gloria se iban juntos, sin contarles a dónde, dejándoles los cinco niños, las hipotecas, los planes y las culpas, valerosos, felices e insolentes.

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