Andrea, cine y literatura

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Una Andrea por otra


libro de las celebraciones

 

 

 

 

 

*Texto publicado en El Libro de las Celebraciones I, Fundación Domingo Atrasado, compilado por Juan Manuel Roca, Santiago Mutis y Jineth Ardila

© Andrea Echeverri Jaramillo, 2007

 

Una Andrea por otra

 

Escribir sobre un homónimo parece como mirarse en un espejo. Al menos eso dijo mi hijo de siete años cuando le conté lo que haría. Él estudia en el mismo colegio que Milagros, la hija de Andrea, quien hace cerca de un año causó alboroto entre los demás niños cuando supieron de dónde procedía. “Mami, hay una cantante que se llama como tú, ¿sabías?, me comentó entonces Tomás. Así que le conté, como he narrado más de una vez, al ser víctima —o beneficiaria, según el caso— de la confusión habitual, que la conozco hace bastante tiempo.
La primera vez que la vi con su cabeza rapada y una pinta punketa, estrafalaria, rebelde, pogueaba en La Casona, un formidable bar en la calle diez, cuando lo alternativo hacía honor a su nombre y aún no era moda. Una moda que, de algún modo, impuso ella misma un poco después, junto con Héctor Buitrago, su cómplice desde siempre, cuando abrieron Barbarie, un bar a media cuadra de aquel. Una versión un poco más estilizada, pero también enriquecida, un lugar privilegiado para la escena roquera bullente del momento: todo los fines de semana había toques de grupos diferentes e interesantes que invitaban a bailar, a saltar, a sudar con vasos desechables en la mano, bebidas pagadas con antelación, un sistema  que apenas comenzaba en la ciudad. Una excusa para dar a conocer su grupo, entonces llamado “Delia y los Aminoácidos”, en el que ya se hallaban las raíces de lo que vendría, pero también un espacio generoso para el resto de los músicos jóvenes, con visos de buen negocio. Allí los niños del norte descubrieron La Candelaria, y se la tomaron. Se formaban colas para pagar el cóver y abarrotarse adentro, en rumbas interminables y variopintas, mucho antes de la ley zanahoria. A este lugar le siguió Barbie, una nueva versión del bar en Cedritos, todavía más estilizada pero un poco más pendenciera, y luego vino Transilvania, en Chapinero. También tuvieron un café, Astrolabio, lleno de encanto y con un estilo, como siempre, singular, sugestivo, atrayente, donde uno podía pasar tardes enteras mirando revistas y tomando té.

Pero no fue sólo de bar en bar que le seguí la pista. Mis caminos han sido la literatura y el cine, y sin embargo, de tanto en tanto, me llegaban invitaciones a participar en concursos o exposiciones artísticas. No sé si el asunto haya sido de doble vía, pero yo cargué con esa homonimia, la plástica, por algún tiempo. Egresada de Artes en Los Andes, Andrea se labraba un lugar en ese complejo mundo a través de su expresión personal: la cerámica y los objetos cotidianos reinventados. En ese tiempo tuve un pocillo de café con cara de bebé, creado por ella, uno de los tantos modelos suyos que se convirtieron en objetos de culto dentro de un pequeño grupo social, la intelectualidad juvenil y rumbera de la época.

Por supuesto, ya sus canciones se habían hecho pegajosas. ¿Quién, de mi generación, no tarareó Mujer gala? Además de antros roqueros, los Aterciopelados llenaban ya auditorios más especializados, como la sala Oriol Rangel. Habían desplazado a agrupaciones como Compañía Ilimitada o Pasaporte, y se erigían como el grupo más personal del momento. Y lo más valioso es que nunca han cambiado esta postura, sin que ello implique en ningún modo el estancamiento. Sus letras, entonces como ahora, contaban historias divertidas y singulares, en vez de chorrear lamentos o ensalzar el amor, y su música tomaba tanto del rock contemporáneo como de los ritmos populares latinoamericanos. Del sonido un poco impuro de su primer single, pasaron al mejor conseguido de Bolero falaz, que se tomó las emisoras pop y cross over, y cuyo video en MTV los difundió por toda América Latina, aunque a un paso menos veloz de lo que el merchandising disquero habría mandado. Pero así, a pulso y con tesón, sin dar su brazo a torcer ni caer en tentaciones comerciales, los Aterciopelados, como grupo binario, y Andrea como solista, se han forjado un lugar imprescindible dentro del panorama de la música pop colombiana y latinoamericana.

Siento que lo que hay en ella, sobre todo, es una gran búsqueda de identidad a través de su música, su cerámica, su figura, su lenguaje. No se pierde nunca a sí misma, a costa de distanciarse del mundo que la rodea, que la consume. Estudiando arte se confrontó, se preguntó qué le gustaba de verdad, más allá de las modas y los contextos sociales. Y se dio cuenta de que la cultura popular ejercía una fascinación profunda en ella, con sus colores chillones, su fondo kitch, la cursilería a flor de piel. Esto se refleja en sus creaciones plásticas tanto como en su ropa, en su manera de comunicarse, y se transluce en el look de sus videos y sus conciertos.

También un poco en la música, pero el proceso ahí es diferente, porque se trata de dos, y en esa medida hay más elementos en juego, tanto los que cada uno aporta, siempre conversados, como los que construyen juntos. Se trata más, entonces, musicalmente hablando, de una búsqueda de raíces tanto en los orígenes familiares como en la pertenencia geográfica, lo andino, lo cercano, lo que se oye en las fiestas de barrio, mezclado siempre con la tendencia del rock actual. Ninguno de los dos proviene de la Academia, y eso les permite acercarse a sus temas desprevenidamente, y los acerca al gusto popular, tanto en el texto como en los sonidos. Lo que cuenta es la autenticidad, a veces esquiva, pero siempre una meta que no pierden.

El éxito para ella ha sido, como es habitual, un premio y un castigo. El reconocimiento y la valoración son gratos, pero la pérdida de la privacidad la afecta y la transforma. Aumenta su distancia, su timidez que la hace hosca a primera vista, su impaciencia disimulada. Y a pesar de la fama se vuelve cada día más selectiva, menos dada a hacer concesiones, a convertir sus actitudes en poses que gusten o que choquen. Procura, dentro de otra forma de narcisismo propia de cualquier artista, no ver ni escuchar lo que dicen de ella o del grupo, quiere mantenerse así incontaminada, a costa de perder una retroalimentación que aparenta no necesitar.

La maternidad ha decantado a Andrea Echeverri. Ahora es aún más serena, todavía más retraída. Vive en el campo y ha vuelto a la cerámica, una forma de creación más compatible con la cotidianidad familiar, pues procura tener una vida privada más rica, más completa para ofrecérsela a Milagros. Aunque no deja la música, su fuente de vida y parte de su razón de ser, si prioridad por el momento.

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